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El gran sepelio

El efecto deseado y obtenido no es otro que la mera identificación del Estado democrático con el PSOE

Deja que los muertos entierren a sus muertos". Creo que esa debe ser la recomendación menos seguida de todo el Evangelio, incluso de esa otra aparentemente tan complicada de amar al enemigo. No son los muertos, sino los vivos, aun los muy vivos, los felices de enterrar al prójimo, a menudo incluso en vida. Hay que ser muy vivo y estar muy al loro, como decía con afectado casticismo Tierno Galván, protagonista de otro gran sepelio provechoso, para idear casi sobre la marcha y ejecutar una operación de marketing político tan perfecta -aunque por poco no la echa a perder el exceso, lo que en la actual sociedad del espectáculo se llama sobreactuación- como la que se ha escenificado tras la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Hay que reconocerle al PSOE, a lo largo de su centenaria historia, una capacidad casi increíble, que ronda lo prodigioso, para dos cosas: que pueda atribuirse como mérito propio cada día que el sol salga por levante y se acueste por poniente; hacerse no ya perdonar, conseguir que se olvide sin huella lo más imperdonable. Así, lograr con tan asombrosa facilidad que un personaje de una trayectoria como la de Rubalcaba, uno de los políticos más detestados a derecha e izquierda, quizá sobre todo en su propio partido, se convierta casi en un héroe nacional en el momento de fallecer de la forma más común y capitalizar ese efecto en provecho propio a quince días de unas importantes elecciones, es una hazaña colosal ante la que sólo cabe rendir armas.

Pero mejor que quedarse en la postura del papamoscas sería preguntarse cómo ha sido posible ese prodigio, y ahí nos encontramos con dos hechos básicos: la incomprensible complicidad de quienes tantos motivos hubieran tenido para una digna y circunspecta distancia, desde la Casa Real a la derecha irremediablemente tonta más que cobarde, siempre desubicada, y sobre todo la desvergonzada apropiación por parte del PSOE de todos los instrumentos del Estado sin el menor temor ni temblor. El efecto deseado y obtenido no es otro que la mera identificación del Estado democrático con el partido en un momento es que es de temer un proyecto de desguace del primero a cargo del segundo. ¡Qué gran Jordán!

Una cosa sí puede afirmarse sin duda razonable: los dos días eternos de brutal invasión de la vida española por el exceso fúnebre y la falta de decoro partidista habrían merecido la aprobación del involuntario protagonista. Lástima no hayan coincidido con jornada de reflexión.

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