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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La guerra larga

Rajoy no tiene prisa y espera que la verdina crezca sobre el independentismo. Estamos ante lo que llaman una 'long war'

Los anglosajones, tan hábiles para bautizar a las cosas con nombres cortos y pegadizos, llaman a la lucha contra el yihadismo la long war (la guerra larga). La teoría es que la lucha contra el terrorismo radical islámico es un conflicto que, debido a su naturaleza extraordinariamente compleja, fragmentaria y mutante, no se puede resolver con una simple campaña militar limitada en el tiempo, por lo que hay que concienciar a las medrosas opiniones públicas occidentales de que los atentados son y serán durante mucho tiempo parte del paisaje en el que vivimos. Sólo con muchos medios, paciencia e inteligencia se conseguirá algún alcanzar una victoria difusa y precaria.

En Cataluña, salvando lógicamente las distancias, tenemos que prepararnos también para una long war. Al fin y al cabo, no estamos más que ante uno de los muchos movimientos sísmicos que, con cierta periodicidad, se producen en la falla catalana. Los españoles de las épocas de Olivares, Felipe V o la II República tuvieron que lidiar con crisis mucho más graves que la actual sin que España se rompiese o sólo lo hiciese por un limitado espacio de tiempo. Al fin y al cabo, cada temblor en Cataluña viene seguida de una amplia y fructífera época de paz y prosperidad. Recuerden la Guerra de Sucesión, esa misma en la que los independentistas basan buena parte de su argumentación histórica. Una vez finalizada, Cataluña vivió una época de esplendor plenamente integrada en la Corona española. La figura de Prim, el espadón de Reus, ya en el siglo XIX, es un claro ejemplo de la afinidad de los intereses catalanes con los del resto del país.

Reconocemos que esta argumentación adolece de un evidente esquematismo historicista, pero nada indica que las cosas vayan a cambiar. El tiempo corre en contra de los independentistas, con la economía en desbandada y las puertas de Europa cerradas. Sólo un giro brusco y dramático de los acontecimientos podría cambiar el destino del procés, pero el Gobierno aprendió la lección el 1-O y no creemos que esté dispuesto a facilitar a las redes sociales y a la prensa romántica extranjera más imágenes de policías y guardias civiles cumpliendo con su obligación. Rajoy no tiene prisa y espera que la verdina crezca sobre las movilizaciones y los sectores más impacientes del procés. Es consciente de que estamos ante una guerra larga. A él le toca solucionar la actual crisis, devolver a los vociferantes a sus casas, pero el problema seguirá ahí durante siglos. Ya conocen la famosa maldición de Ortega: el problema Catalán no tiene solución, sólo nos queda sobrellevarlo con dignidad.

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