Carta abierta

José Luis Repetto Betes

"Ha muerto un sacerdote misionero"

Antonio Sizuela Naranjo. Antonio Sizuela Naranjo.

Antonio Sizuela Naranjo.

Queridos amigos todos:

Hace unos días ha fallecido en nuestra ciudad el sacerdote y misionero Padre Antonio Sizuela Naranjo, de la congregación de Sacerdotes Seculares de Nuestra Señora de África.

Su muerte ha sido sin duda el principio de su estancia en el cielo, así lo creo, pues Dios Nuestro Señor no habrá dejado de premiar una vida de entrega total a la causa del Evangelio.

Conocí a Antonio Sizuela cuando era un seminarista del Seminario Diocesano de Sevilla, Diócesis a la que pertenecía Jerez entonces, pues no se constituyó la actual Diócesis de Asidonia hasta el año 1984, y un servidor de ustedes llegó a Jerez en agosto de 1962.

Antonio Sizuela era uno de los 20 seminaristas con que contaba entonces la Parroquia de Santa Ana, a la que por vivir sus padres en la barriada de El Carmen pertenecía.

Antonio tenía ya las excelsas cualidades que lo adornaron durante toda su vida.

Era alegre, humilde, buena persona, buen compañero, piadoso, estudioso y enamorado de su vocación sacerdotal.

Le había dado el Señor un gran regalo: unos padres excelentes: trabajadores, piadosos, auxiliares de la Parroquia y ejemplo espléndido para sus hijos.

No eran jerezanos, sino de Algodonales, pero se habían trasladado a Jerez, entiendo que por motivos laborales.

Llevaba Antonio varios años de seminarista cuando sintió la vocación misionera, y debidamente asesorado decidió con el permiso paterno ingresar en la congregación de Nuestra Señora de África, fundada en el siglo XIX por el Cardenal Lavigerie, para los sacerdotes y seminaristas que quisieran ser misioneros.

No emitían votos religiosos, sino sólo hacían la promesa de estabilidad, y por tanto, no eran religiosos, sino sacerdotes seculares.

Aceptada la petición de Antonio de entrar en la congregación fue enviado para hacer el noviciado, no recuerdo bien, si al sur de Francia o de Bélgica, porque lo importante era soltarse en el habla francesa, ya que iba a ser destinado a las Misiones en una de las colonias francesas.

Antonio, al cabo del año de noviciado, volvió hablando francés de forma admirable, porque era un joven inteligente y estudioso.

Terminados los estudios, fue ordenado sacerdote y destinado seguidamente a un puesto misional en Malí, donde tuvo a su cargo además de la tarea catequético-misional dar clases en un instituto, lo llamamos nosotros, vistas las asignaturas que tenía que impartir, pero era no sólo inteligente, sino también culto.

Estaba muy feliz en su puesto misional y creo que no volvió por España hasta el cabo de 11 años.

Dedicado por entero al anuncio de Cristo y al bien de la gente de Malí pasaron años y años, y con gran sorpresa mía, me lo encontré una vez por Jerez y le pregunté qué hacía aquí. Me dijo que daba charlas misionales en parroquias y centros de enseñanza, y que había encontrado la mayor receptividad en la parroquia de La Asunción, cuyo párroco es el santo sacerdote Don Sebastián, a quien vi un día en un vagón del tren elogiar cálidamente a un grupo de personas mayores que casualmente coincidieron conmigo en el tren.

Dije para mi qué alegría más grande cuando tus feligreses te elogian contando de ti nada más que cosas buenas.

No sentí envidia de Don Sebastián, sino tristeza de no parecerme a él en sus fantásticas virtudes.

Unos años más tarde vi en el Boletín Diocesano que Don Antonio Sizuela era nombrado párroco de una de las parroquias jerezanas de barrio.

Me lo encontré y le pregunté si le pasaba algo y me dijo que visto que sus padres estaban mayores el Superior General de su congregación le había dicho que los padres están antes que nada, que se viniera a cuidarlos y a atenderlos.

Aprovechó el obispo diocesano su estancia para darle un cargo sabiendo lo buen sacerdote y buena persona que era.

Me enteré de que Antonio padecía de diabetes y no me extrañó porque desde joven era grueso y tenía el típico tipo de muchos diabéticos. Cuando dijo irse a las Misiones, en Santa Ana nos metíamos con él, y le decíamos: “misionero gordito, banquetazo para el negrito”.

Él no se enfadó nunca porque tenía un carácter hecho de bondad y humildad que edificaba a cuantos le conocieron.

Vi el otro día la noticia de su fallecimiento y enseguida la primera misa que dije la apliqué por su eterno descanso, y le pedí a la Virgen de África que lo recibiera en el cielo como auténtico hijo suyo. Tiene un magnífico hermano, llamado Paco. Desde aquí le doy a él mi pésame más sincero y le digo que se lleva al sepulcro mi aprecio y mi afecto. Mis saludos a todos los jerezanos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios