La ciudad y los días

carlos / colón

¡El horror...! ¡El horror...!

POR alguna razón he relacionado emocionalmente dos noticias. De una parte la petición del Papa de que esta semana los creyentes de todas las confesiones se unan a los cristianos en oraciones por la paz, convocando para el próximo sábado un día de ayuno y oración por el fin del conflicto en Siria. Y de otra parte la detención en Tarrasa de un joven mexicano de 23 años que castigaba a una niña de cuatro años, ahijada de su pareja, sumergiéndola hasta en tres ocasiones en agua hirviendo. En el momento de ser rescatada la niña sufría quemaduras de segundo y tercer grado.

¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra? La crueldad y la maldad que son consustanciales al ser humano, la gratuita voluntad de causar daño, el ensañamiento con los indefensos, el placer sádico de hacer sufrir a los más vulnerables e inocentes, el desprecio hacia el sufrimiento y la vida de los otros… El mal puro, sin mezcla de interés alguno, gratuito, desinteresado de todo otro fin que no sea el mal en sí mismo.

El infierno en la Tierra tal y como el Catecismo de Ripalda definía el Infierno que aguardaba a los pecadores en la otra vida: "El conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno". La diferencia es que en el infierno con minúscula, el de este mundo, quienes padecen son los inocentes. Por eso, como escribía ayer, es necesario que exista el Infierno con mayúscula, el del otro mundo, en el que quienes les hacen padecer sufran, como también decía el Ripalda, penas de daño ("carecer de la vista de Dios") y de sentido ("padecer para siempre tormentos indecibles"). No se apresuren a reírse porque esto no tiene que ver con demonios con cuernos atormentando de mil formas a los pecadores, como en los cuadros del Bosco; pero sí con el terrible "¡alejaos de mí, malditos, e id al fuego que nunca se apaga!" que pronunció el mismo Jesús Nazareno de las bienaventuranzas; y también con esa "separación eterna de Dios" que es el Infierno según el actual Catecismo de la Iglesia católica.

En Siria mueren los niños víctimas de armas químicas, usadas por Assad, por sus opositores o por ambos. En Tarrasa un tipo tortura a una niña sumergiéndola en agua hirviendo. El mal. O, como exclamaba en su agonía el Kurtz de El corazón de las tinieblas: "¡El horror…! ¡El horror…!". Contra el mal y el horror, Santo Padre, me temo que pueden más los ejércitos y la policía que las oraciones. Al menos a corto plazo. Y las víctimas no pueden esperar.

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