HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

La indignación migratoria

Como una fiesta primaveral más, entre ferias y romerías, a los indignados les han mandado volver a las plazas para aparentar que hay revolucionarios dispuestos a cambiar el sistema. Como remedo del fracasado Mayo del 68, será tan anecdótico e insustancial como todos los movimientos que se sustentan en derrotas del pasado o en futuros imposibles. El desempleo y el sistema educativo han debilitado tanto a los sectores más pobres de los jóvenes españoles que, más allá de algaradas, no se espera de ellos nada de importancia. Theodore Roszak creó el término 'contracultura' para referirse a un espíritu, hoy diluido entre los vagos recuerdos de ancianos venerables, existente en la juventud urbana, universitaria por lo general, de los países desarrollados en el paso de los decenios de los sesenta y setenta del siglo pasado, que rechazaba ciertos valores dominantes, entre ellos las relaciones familiares y sexuales tradicionales. La poesía y las drogas fueron medios para explorar la conciencia. Muy bonito, muy atractivo en su momento, porque la juventud lo es, pero pasó como sombra y sueño.

Hay quien quiere ver en los planteamientos juveniles de entonces una similitud con los 'indignados'. Es pura imaginación. El propio Roszak sabía que aquella generación no tenía la fuerza vital necesaria para realizar una transformación radical de la sociedad, ni los partidos de izquierda estaban por el trabajo. La URSS, que seguía siendo un ejemplo de socialismo ideal, era ya una dictadura reaccionaria, imperial-socialista, que enseñaba las uñas y contaba cada vez con menos apoyo intelectual. Tampoco fue un movimiento espontáneo ni sus formas de manifestarse venían por telepatía y coincidencia astral, detrás estaban los gurús (una de las modas de aquel momento fueron las culturas orientales): profesores, filósofos, Wats, Goodman, Mills y el gran lama marxista Marcuse. Allí nació el feísmo, que se ha desarrollado hasta pretender ser un valor universal. La fealdad no puede serlo. Es curioso observar que las modas de los nietos de la contracultura apenas se diferencian de las de sus abuelos.

Los noes de los indignados a las formas del orden se han comparado con las negaciones de los orígenes del fascismo. Dicen odiar el fascismo, pero es por la fascinación que sienten por él. La fascinación es un amor involuntario que obliga. Nuestros noes, advertidos por la contracultura, serán para negar la existencia de invasiones espontáneas de plazas; para negar que sean de izquierdas y no cercanos al fascismo; y para negarles espíritu democrático y que entre los indignados haya ideas válidas como para merecer unas páginas en los libros de historia, como merecen, a pesar de su fracaso, otros ideales juveniles del siglo XX. Y verlos envejecer de alma y cuerpo, bien como buenos epígonos de los progres españoles o como germen del neofascismo que aparentan.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios