HABLADURÍAS

Fernando Taboada

La intimidad amenazada

ESTÁ de moda. Por mucho que se hable de fútbol, nuestro deporte nacional es la persecución de personajes públicos. Se puede practicar en casi cualquier sitio. En las playas, los paparazzi acosan a las famosas, con la esperanza de que, en un golpe de suerte, se les salga una teta del biquini. En las plazas de toros me tienen fritas a las duquesas preguntándoles con qué matador se casarían y comerían perdices. Y en los aeropuertos, reporteros armados con micrófonos van a la caza y captura de los cantantes de éxito para sonsacarles si son ciertos los rumores de divorcio que corren por ahí (a pesar de que el tema de conversación favorito de los cantantes de éxito cuando se bajan de los aviones no sea normalmente el de sus divorcios.)

Que no tengan intimidad los toreros, las cantantes famosas o las duquesas se entiende, porque el mundo del espectáculo es así de sacrificado, pero que ya no la tengan ni los políticos, que quieren llevar una vida discreta, eso, lo siento, pasa de castaño oscuro. ¿A quién podía interesar antes lo que hiciera en privado un ministro o una diputada en Cortes? Pues cada día es menos raro airear intimidades de la gente del poder y acusar, por ejemplo, a un concejal sólo porque a lo mejor el hombre se entretiene frecuentando locales de alterne y cargando la cuenta al erario público. O censurar a delegados de urbanismo porque, entre una operación especulativa y otra, se largan al África negra a matar elefantes. ¿Pero es que no les vamos a dejar tener vida privada?

Ahora es una alcaldesa la que está siendo sometida a brutal persecución. Y todo porque, en un gesto de inmensa generosidad, había intentado subirle el sueldazo a su jefe de gabinete. No contentos con criticarla por enchufar al muchacho, sus enemigos meten las narices en el terreno personal, intrigando ahora con lo que ganen o dejen de ganar estos cargos de confianza. ¿Y quiénes somos los ciudadanos para meternos en lo que pague una alcaldesa a sus amigos íntimos? Pero es que, aparte de invadir un terreno tan privado, algunos vienen con miserias y sacan a relucir la crisis económica que atravesamos para afearle aún más el detalle que ha querido tener con el mozo de pagarle una burrada. Digo yo, ¿habrá mejor manera de remontar una crisis que haciéndose rico? ¿No deberíamos tomar ejemplo?

Ánimo, alcaldesa, y no haga caso, que a Imelda Marcos también la pusieron verde por tener tres mil pares de zapatos mientras el pueblo filipino se moría de hambre. Y resulta que no llegaban ni a dos mil. Además, pocas cosas hay tan personales como los zapatos. Pero la gente, sobre todo cuando pasa hambre, tiende a ser bastante envidiosa y se fija en esos chismes. Como si el valor de unos miles de tacones bastara para acabar con la ruina de un país.

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