España está en cifras trágicas, pero aún iremos a peor. Los datos son terribles: hoy nacen un 46% menos de niños que en 1976 y de ellos, más de un 60% son de madres nacidas fuera de España. Somos el segundo país del mundo en esperanza de vida, morimos más tarde y aun así fallecen más personas que las que nacen. En muchas regiones hay más mascotas que niños y en grandes zonas rurales olvidaron como suena el llanto de un bebé. Envejecemos a un ritmo nunca antes conocido, la media de edad es hoy 15 años superior que la de hace cuatro décadas; hay casi tres millones menos de jóvenes en España que en los años de mi adolescencia y los mayores en soledad alcanzan cifras insultantes. Sólo la inmigración maquilla algo este suicido demográfico. Los apóstoles de "papeles para todos" piensan que la inmigración es la solución, los enemigos de la libertad de comercio y la propiedad, que todo se debe a la voracidad capitalista que nos tiene sojuzgados, y que se arregla con más intervencionismo disfrazado de excusas redistributivas; y por último, los defensores a ultranza de la familia tradicional creen que todo se debe al relajamiento social de los nuevos modelos de familia. La política migratoria sin regulación solo lleva a la fractura social, el intervencionismo progresista nos quita preciosos espacios de libertad y la intransigencia del modelo familiar único es excluyente. No nacen menos niños por dificultad económica, sino porque el estado del bienestar tiene atontado a un Occidente individualista y egocéntrico. Como pensamos antes que nada en los derechos que por nacimiento nos corresponde y no paramos de inventar nuevos derechos, nos hemos creado necesidades estúpidas, sin las que ya no podemos vivir y de las que nos parece intolerable prescindir. No se trata de cambiar de política, sino de mentalidad. Casi nada.

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