Es agotador, es absurdo, es desesperante. Están en juego nuestras pensiones -que nadie sabe si podrán pagarse dentro de diez años-, están en juego millones de puestos de trabajo precarios, están en juego miles de familias cuya suerte pende de un hilo si llega una nueva crisis económica, pero aquí nuestra izquierda más aguerrida y más desobediente se empeña en criticar la sentencia del procés porque es represiva y vengativa. Por lo visto, somos un Estado fascista porque nuestro ordenamiento jurídico no se ha dejado atropellar por los caprichitos de una panda de burguesitos y funcionarios muy bien pagados que viven encerrados en una secta digna de una novela de Dostoievski (yo la llamo la Iglesia de la Independología). Y lo peor de todo, insisto, es esa izquierda abducida que se arrodilla ante las reclamaciones de estos buenos burgueses que se consideran la única gente civilizada que habita este infecto país de cabreros que para ellos es España.

¿Hace falta repetir las ideas de la Iglesia de la Independología? Ante todo, esta gente no quiere compartir su riqueza ni sus impuestos (aunque lo enmascaren con bonitas proclamas buenrollistas sacadas de Barrio Sésamo). Esta gente odia a los médicos recién llegados a Cataluña que atienden a los pacientes en castellano. Esta gente falsifica la historia con un nivel de desvergüenza que ni siquiera Franco se atrevió a alcanzar. Esta gente señala y amenaza y usa toda clase de coerciones sociales -los grupos de Whatsapp de los colegios, por ejemplo- para vigilar a los que se niegan a secundar sus ideas. Esta gente controla la enseñanza -inspectores, profesores, temarios, libros de texto- como en los peores tiempos del nacionalcatolicismo franquista. Esta gente utiliza los medios públicos de comunicación -prensa, radio y televisión- con las mismas fórmulas de propaganda criminal que usaba el doctor Goebbels en la Alemania nazi. Esta gente, en fin, predica el odio y difunde el odio, y no sabe vivir sin el odio porque está intoxicada por la versión más venenosa del nacionalismo identitario que destruyó Yugoslavia en la década de los 90.

Pero aun así, los évoles, los guayómings, los ristos y los mejides -y toda una patulea de ilusos- siguen considerando a esta gente unos héroes de la libertad. Sí, es agotador, es absurdo. Y desesperante.

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