Tribuna cofrade

Jaime Betanzos Sánchez

Pellizcos

Es viernes, víspera del quinto fin de semana de Cuaresma. Hace días que la gravedad de la realidad exterior supera la magnitud del encierro. Siento pudor al pensar en la alegría contenida que se desataría en las próximas dos semanas. El inoportuno debate de trasladar no sé exactamente qué a no sé cuándo se ha diluido, pero sigue latente. Ya forma parte de uno de los múltiples temas, cuya discusión se ha pospuesto sine die. Celebro que el orden de prioridades vire de nuevo hacia la emergencia actual y no hacia banalidades que puedan debilitar las fuerzas en detrimento de lo realmente importante.

Y eso justamente han vuelto a hacer las cofradías: reaccionar ante las necesidades humanas en una situación concreta. Con celeridad y pericia, cada cual se ha reinventado y se ha ofrecido allá donde hiciera falta.  Movidos por el amor y por el impulso de un corazón noble, han identificado las deficiencias y les están poniendo remedio. Algunos tenían sitio para cargar a la Madre de Dios en la próxima Semana Santa y ahora cargan con la compra de quienes no pueden salir. Otros han acudido al grito de socorro y andan buscando fondos para dar paz a quienes trabajan sin la mínima protección.

La realidad que el mundo atraviesa se escribe en la piel de cada uno de los nazarenos que no vestirán su túnica en dos semanas. Personas anónimas cuyo sustento económico ha podido tambalear –cuando nos desaparecer- en las últimas semanas. También para ellos las cofradías reservan una Esperanza: ya hay corporaciones que han prometido ayudas a los hermanos en esta situación. Y una larguísima cadena de individuos prometen confidencialidad y comida a quienes no tienen qué comer.

El engranaje de nuestro hábito diario se ha detenido para interpelarnos a cada uno de nosotros. Esta Cuaresma exigía más oración y más penitencia, esta vez impuestas por las circunstancias. Ahora que llegamos a su recta final es momento de hacer balance y de ponderar cada una de nuestras vidas pasadas. Ya nunca volveremos a ser los mismos que fuimos, pues la ausencia de lo fundamental trivializa cualquier menudencia futura.

Hay gente muriendo. Hay gente sanando. Esa relación causa-efecto, incluso cuando el sistema se demuestra largamente mejorable, nos mantiene vivos. Están sucediendo verdaderos dramas humanos pero el coraje de muchos está soportando la situación. Queda una semana para el Viernes de Dolores pero llevamos ya muchos días de dolores. Pellizcos –de pena, de misericordia- que engarrotan la garganta y rebotan como el chasquido de un látigo en el esternón.

Todo lo que ahora pase –bueno y malo- tendrá su eco en la eternidad. Nos sabemos instrumentos insuficientes pero, como al papa Benedicto XVI, debe consolarnos el hecho de que Dios sabe actuar con ellos. Las cofradías lo están demostrando. Y, como leí recientemente, es el momento de la Hermandad. Mucho ánimo

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