Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Las lecciones de Trump

Aunque al final Biden logre llegar a la Presidencia, será solo un parche. Las cosas han cambiado en cuatro años y las reglas, también. Ambas a peor.

Donald Trump Donald Trump

Donald Trump / Efe

Ocupe quien ocupe el próximo 20 de enero el Despacho Oval de la Casa Blanca -a la hora de redactar estas líneas el resultado de las elecciones en Estados Unidos siguen siendo un embrollo de muy complicada resolución-, los norteamericanos habrán demostrado que les importa un pimiento los valores que en Europa consideramos consustanciales a la democracia e incluso a la civilización.

Sólo así se puede explicar que tras cuatro años de mandato de un presidente con el perfil que ha ofrecido Trump no haya sido barrido, aunque el rival haya sido tan poco interesante como Biden. La primera democracia del mundo, o por lo menos a casi la mitad de sus muchos millones de habitantes, ha demostrado que puede convivir sin ningún problema con la xenofobia, con la misoginia, con el racismo, con el clasismo o con la prepotencia y el desprecio por los demás.

O dicho en pasiva: los estadounidenses ponen por encima de cualquier otra cosa cierta sensación de que quien les gobierna lo va a hacer aplicando mano dura y disciplina económica. Algo por cierto que, una vez más, los sondeos previos a las elecciones no supieron o no quisieron leer.

Más vale que los europeos nos vayamos aprendiendo las lecciones que se derivan de las elecciones de este martes en Estados Unidos: la primera es la constatación de que tenemos visiones del mundo diametralmente opuestas en asuntos que considerábamos esenciales y la segunda, y más importante, que el populismo no es una moda pasajera y que tendremos que acostumbrarnos a convivir con él, más cerca de lo que pensábamos y de lo que nos gustaría.

Si en Washington un tipo como Trump puede hacerse fuerte en la Casa Blanca a quién le puede extrañar que lo haga un Bolsonaro en Brasil, un López Obrador el México, un Johnson en el Reino Unido o un Orban en Hungría.

La crisis de 2008 demostró la debilidad de las democracias occidentales según el modelo surgido tras las dos grandes guerras del siglo XX. Ahora la pandemia no hace sino acentuar esa debilidad. Lo hace porque aumenta el miedo, que es el peor enemigo en una sociedad libre, y porque la política no está siendo capaz de dar una respuesta que satisfaga, siquiera de forma parcial, las expectativas de capas muy amplias de ciudadanos.

Aunque al final Biden logre llegar a la Presidencia, será solo un parche. Los estadounidenses nos han demostrado en los cuatro últimos años y lo corroboraron ayer en las urnas que las cosas han cambiado y que las reglas, también. Ambas a peor.

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