La nicolumna

Nicolás / Montoya

La lenta agonía de los autobuses

EL antiguo tranvía que tenía conductor y cobrador y los asientos de hierro oxidado tiene los días contados, porque es una patata caliente que estalla cada cierto tiempo como las costuras de los pantalones. Con la cara lavada, sonrosado y con radio incluida, con aire acondicionado y con balanceo posmodernista, pero herido de muerte.

Es como una lenta agonía, repleta de huelgas y conflictos, que de repente se ha acelerado de un modo terminal, coincidiendo con la puñalada mortal al carril bus. Quizá sea la metáfora de la agonía de una antigua burguesía urbana trasladada centrífugamente a las urbanizaciones residenciales de la ronda del colesterol. Quizá sea la facilidad para contar con coche en la puerta. Quizá el despropósito de unos cuantos. Los pocos que resisten, náufragos de las ciudades o pensionistas sin recursos, cada vez están más tentados de hacer caso a las voces derrotistas y tirar la toalla, aunque con lágrimas impotentes por sentir como un servicio público necesario se va tornando en pasto de las llamas.

Así que, a menos que suceda un ataque súbito de sentido común y rectifiquen, estamos asistiendo a un funeral sentimental permanente, donde el mayor enemigo de la ciudad no es la crisis, ni el paro, ni la indolencia de sus vecinos, ni el habitual desenfoque de las cosas, ni la poca vergüenza pública y privada. No, nada de eso. Parece ser que el mayor enemigo de Jerez es el autobús urbano. Todos los males conocidos son por culpa del emblema con ruedas de "Cojetusa", y por tanto la solución se plantea fácil. Hay un propósito enmascarado de acabar con los coches y el autobús por el centro. Las ciudades serán para los peatones y los ciclistas, para los híbridos de motor eléctrico, para los tranvías con catenarias y para los monopatines de alquiler. La duda que queda es si los responsables son responsables. Total, como muchos van en coche oficial hasta la mismísima puerta de sus destinos, ¿qué más les da?

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