La ciudad y los días

carlos / colón

La librería como punto de encuentro

UNA cosa lleva a la otra. Nadie nace sabiendo. Todo se aprende. ¿Y a qué viene todo esto? Viene a un paseo que me llevó a La Casa del Libro dispuesto a exponerme a la dulce tentación de los libros -el olor y el tacto del papel, además de lo escrito sobre él- que ignora los muchos volúmenes que se apilan en casa esperando ser leídos. Inútil, por desmoralizador, hacer el ascético ejercicio de echar las cuentas del tiempo que necesitaríamos para leerlos todos; al que habría que añadir el necesario para releer algunos de los ya leídos, placer que paradójicamente se acentúa cuanto menos tiempo nos va quedando. El resultado de esta cuenta siempre es perjudicial: menos tiempo por vivir que el necesario para leer y releer.

Vi que se había editado El prestamista de Edward Lewis Wallant. No conocía a este escritor. O lo había olvidado. Para el caso es lo mismo. Se me pasó la edición, hace ya algunos años, de Los inquilinos de Moombloom. Como buen admirador de Sidney Lumet recordaba la película basada en El prestamista, pero sobre todo por su banda sonora compuesta por Quincy Jones, editada en un muy recomendable CD junto a Llamada para el muerto. De la película tenía un recuerdo áspero. Así que eché las cuentas del tiempo de vida y el de lectura (además de la más pragmática del alto precio de los libros) y decidí no comprarla, pese a que lo avalaba la siempre fiable editorial El Asteroide y que trataba de un tema que me hiere y apasiona tanto que sería superficial decir que me interesa: el nacimiento al sentir de un judío al que la experiencia de los campos de exterminio ha dejado vacío de sentimientos.

Hay libros no comprados que nos persiguen como perrillos que quieren ser adoptados. Pocos días después volví a manosear, oler y ojear El prestamista. No me había dado cuenta de que la traducción y el prólogo eran del amigo y compañero Eduardo Jordá. Leí el prólogo casi entero allí, de pie. La consecuencia fue que me llevé El prestamista y encargué Los inquilinos de Moombloom. En su sentido, sensible y como siempre muy bien escrito prólogo, Eduardo Jordá citaba esta anotación de Lewis Wallant en su diario: "¿Escribir sobre qué? La vida, la muerte, el amor, la responsabilidad, el misterio, Dios, la lujuria, el terror, la culpa, la compasión, la belleza…". ¿Cómo resistirse? Y si alguna resistencia subsistía la derrotaban unas palabras de Jordá, de las que me ocuparé mañana.

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