DIARIO DE JEREZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Me dice un amigo que lo bueno de la burbuja turística es que ya no hace falta gastar dinero para salir al extranjero; basta con pasear por el centro de la ciudad para oír hablar en varios idiomas y cruzarse con todas las razas que conocíamos de los álbumes de cromos de nuestra infancia. Los pisos se están convirtiendo en apartamentos turísticos, las tiendas van dirigidas a los gustos de turistas que parecen estar todo el santo día comiendo emparedados, bebiendo zumos de frutas y chupando helados a precios europeos. Para ver una quincalla, una mercería, una tienda de comestibles, un zapatero remendón o una ferretería hay que desplazarse al extrarradio y deambular por barrios populares.

Son muchos los bares que despiden a los parroquianos de forma sutil elevando los precios o eliminando las consumiciones en la barra. A las ocho de la tarde los turistas ya están ocupando las mesas prestos a cenar, y no hay sitio para los que quedamos a tomar una copa a eso de las diez, y no recién levantados de la siesta. No les interesamos como clientes. A nosotros no nos la dan con queso cobrándonos un café al doble del precio razonable, por mucha chocolatina que nos pongan junto a la taza. Tampoco estamos dispuestos a pagar una cerveza como si estuviéramos en el Café de la Ópera de París o en el Florián de la plaza de San Marcos de Venecia.

Y digo yo que lo mismo que se subvenciona al lince ibérico o al oso pardo, por qué no se nos protege a los que hemos optado por vivir en el casco histórico a pesar de las limitaciones que suponen la movilidad, el aparcamiento, el incesante flujo de despedidas de soltero, procesiones de todo tipo y ruidos nocturnos de las omnipresentes botellonas y movidas. Los tan elogiados silencios de Sevilla han quedado para las corridas de toros, la salida de la patrona o el paso del Señor de San Lorenzo. Son un tópico parecido al de la primavera y el azahar que sólo dura unos días y da para que los amantes del ripio y pregoneros varios tengan tema para el resto del año. Nunca una mentira fue tan literaria ni un episodio fugaz tan glosado hasta el hastío. Solicito a la consejería que corresponda la protección de los que pretendemos continuar viviendo en nuestro hábitat natural, aunque sea a costa de seguir representando el papel pintoresco de chistosos y palmeros de esa Andalucía de pandereta que tantos extranjeros vienen buscando.

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