Manuel Gregorio González

El lugareño global

A Mankell se le debe un personaje honesto, meticuloso y sombrío como el inspector Kurt Wallander. De las diversas versiones televisivas que se hicieron sobre él, la de Kenneth Branagh quizá no sea la mejor, pero sí la más solvente y reconocida. Es muy posible, en cualquier caso, que el Wallander de Mankell deba su fama a una singular mezcla de localismo y globalidad, donde los crímenes revelan, en última instancia, un origen remoto. Partiendo de la aridez y e frío de Malmö, Mankell urde una compleja red de indicios en cuyo extremo se encuentran, ineludiblemente, oscuros intereses trasnacionales. No en vano, en su novela El chino, Mankell denuncia la sigilosa invasión de Mozambique por millones de súbditos del gigante asiático.

No es difícil relacionar la escritura de Mankell con dos clásicos de noir sueco: Maj Sjöwall y Per Wahlöö. El propio Mankell reconoció su deuda con esta pareja que principió su andadura en 1965 con la publicación de la espléndida y cerebral Roseanna. En el prólogo a dicha novela, Mankell escribirá que Sjöwall y Wahlöö encontraron su tradición, no tanto en el hard boiled americano, como en los relatos de Poe y en una literatura mucho más antigua, de infinita progenie: las tragedias griegas y la obra de Shakespeare. Para Mankell, pues, y para el Wallander que le sirvió de vehículo, el género negro es, antes que un juego lógico, circunscrito a la resolución de un crimen, la expresión modulada de unas pasiones. Pasiones que, como bien sabía Borges, difieren poco a lo largo de la Historia, y que se cierran en torno a dos invariantes de la especie: el poder y el deseo.

En Mankell, a estas fuentes externas de conflicto, se le añade el carácter atormentado y melancólico del inspector Wallander. A última hora, sobre esa oscuridad anímica del personaje, se cernirá la oscuridad definitiva del alzheimer. Se solapaban así la paulatina extinción del inspector Wallander y la de su creador, Henning Mankell, devorado por el cáncer. A veces, la literatura y la vida tienen esta manera fúnebre de entrelazarse, hasta hacerse extrañamente indistinguibles. A Mankell, en cualquier caso, se le debe la creación de un tipo particular de policía, sumido en amargas cavilaciones, y aun así de memorable y feliz inteligencia. A ello debe añadirse otra creación que le es propia: la inteligencia especular y umbría de Wallander es paralela a la infinita soledad, al vasto silencio, al frío adverso e inhumano del paisaje sueco.

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