Lunes de la semana pasada; once de la mañana en ese centro comercial al que, todavía, muchos seguimos nombrando por su antigua y entrañable denominación; mamá joven con dos niños de seis y siete años - mis casi cuarenta años de profesión docente me llevan a no fallar en suponer la edad de los muchachos -. Hasta aquí todo normal. Lástima que las criaturitas abandonaron la escasa custodia de su madre y tomaron al asalto los pasillos del establecimiento a modo de pistas de carreras de obstáculos, sorteando - no siempre - a los demás clientes que veían, sin creérselo, cómo, mientras corrían, iban tirando todo lo que encontraban a su paso. Las voces, alaridos más bien, alteraron la normal existencia de una mañana de compras, mientras la mamá pasaba olímpicamente de sus angelitos, mirando con detenimiento algún producto, sin mucha intención de adquirir. Ni las quejas de las personas que, allí, estaban ni la llamada de atención de un vigilante ni el ruego, por megafonía, de que desistieran de tan escandalosas y deportivas situaciones, pudieron con la actitud de los angelitos que, incluso, con manifiesta falta de vergüenza, tiraron a propósito una pila de bolsas con papeles higiénicos. La mamá, por supuesto, a lo suyo: valorando el color de unas pinturas de uñas mientras hacía impunemente un pompa de chicle. Como la cosa se puso tensa, el vigilante, con toda la educación y respeto, invitó a la mamá a que controlara a los niños, mientras esquivaba las patadas y manotazos de las criaturitas. La madre, enfadada por cómo estaban tratando a sus pobres hijos, que no estaban molestando a nadie y sólo querían jugar, dijo que allí no compraba y que se marchaba. Al salir, y a voz en grito, sentenció lapidariamente: ¡Y los maestros de vacaciones!

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