La victoria de Donald Trump en Estados Unidos es una mala noticia para el mundo. Por lo menos para ese rincón que es Europa occidental -el nuestro- donde todavía se le da importancia a valores que están en las antípodas de ese populismo primario, misógino, xenófobo y reaccionario en todos los sentidos que representa ese Jesús Gil de Nueva York al que veremos a partir del próximo enero sentado en el Despacho Oval dirigiendo los destinos de lo que un día se llamó el mundo libre. Lo ocurrido ayer en la que, por ahora y no sabemos durante cuánto tiempo, es la primera potencia del planeta demuestra que los hechos que están sacudiendo a nuestra sociedad certifican, por caduco, el final del sistema en el que vivíamos con sus altas y sus bajas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Miren para comprobarlo a la Rusia de Putin y sus ansias expansionistas, miren a Europa oriental y sus miedos hipernacionalistas, miren al Reino Unido del Brexit que ha roto el sueño europeo de unidad, miren a la China de Xi Jinping preparándose para asaltar el control económico -¿y también político?- de África y del Pacífico…

Pónganle un denominador común a todos estos fenómenos y otros más que harían la lista casi interminable: el desprecio o la ignorancia de los valores que habíamos entendido como constitutivos de la base de las sociedades desarrolladas. La ansias de mejora social para todos, la igualdad de derechos y de oportunidades, la consideración de las fronteras como obstáculos para el comercio y las ideas, la democracia, en definitiva, como modelo de organización para construir un mundo mejor están en crisis.

Populismo ha habido siempre y ha crecido proporcionalmente a la intensidad de las crisis económicas y sociales que hemos padecido. Desde Le Pen en Francia hasta nuestro Podemos de andar por casa nadie se ha librado. La diferencia es que ahora parece que ha llegado para quedarse y condicionarlo todo. Es una realidad que se impone por mucho que el buenismo biempensante de nuestros grandes medios de comunicación e incluso de nuestros gobiernos no haya querido verlo. Lo ocurrido en Estados Unidos prueba que estamos alumbrando un nuevo orden cargado de malos presagios. Cincuenta y nueve millones de norteamericanos han alzado a Trump a la Presidencia tras una campaña en la que ha insultado a todo lo que se podía insultar y ha hecho ostentación de los peores modos. Lo malo, quizás lo peor, es que sólo surgen preguntas y ninguna certeza. Si acaso sólo una: esto no nos lleva a nada bueno.

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