Los sureños ¿no hemos perdido la paciencia demasiado pronto con las fotos que nos enviaban los de Madrid? Tantos paisajes nevados como cuadros de Brueghel el Viejo; tantas instantáneas como fotogramas neoyorkinos de amor en el aire y emoción en las aceras; tantos vídeos de deportes de invierno, muñecos de nieve y carcajadas blanquísimas en las avenidas… Han insistido bastante, hay que reconocerlo.

Pero en esta columna somos centralistas y muy amigos de Madrid, y hemos sufrido con ellos la desafección que les cayó cuando eran, encima, los que lo estaban pasando peor con el coronavirus. Así que yo, personalmente, me he alegrado de que estuviesen divirtiéndose al fin por todo lo alto, que se lo merecían. Y los que sintiesen envidia, pues se lo merecían también. Lo bueno de la envidia es que en el pecado lleva su penitencia, y una bastante amarga. Se autorredime.

Plenamente convencido de lo bien que se lo estaban pasando, he llamado a un amigo que había contado, riéndose, que se les habían congelado las cañerías y que viven como Jeremiah Johnson en las montañas, aunque en un adosado en Pozuelo. Quería que me refiriese de primera mano lo divertida que era esa vuelta a lo salvaje.

Me ha descrito cómo expiró la calefacción, cómo ha resucitado la chimenea quemando cajas viejas, cómo rellena las cisternas de nieve de la calle porque cada vez que alguien tira de la cadena gastan ocho litros de agua que, ahora mismo, son una fortuna. Todo era una aventura. Luego, me ha dicho: "Tengo las manos regular del hielo y la nieve". Le he pedido, ji, ji, una foto.

Cuando me la ha mandado, he dado un salto en el sofá. Tiene las manos destrozadas. Dolían hasta por Telegram.

¿No tendremos que agradecerle muchísimo los sureños a los de la nevada que nos estén mandando esas fotos preciosas y los chistes y vídeos deportivos en vez de estar lloriqueando todo el día, narrándonos las incomodidades cotidianas y haciendo contabilidad como independentistas de los daños y perjuicios? El tono general -más Jeremiahs que Jeremías- ha sido lúdico y festivo, y podía haber sido luctuoso y quejumbroso, y hay que agradecerlo mucho.

Porque no voy a ir por la vida con la mano de mi amigo hecha polvo de fondo de pantalla de mi móvil, pero me dan ganas. Para aprender a echarle buen humor a la vida y para no olvidar que las más fotogénicas aventuras exigen su peaje de energía, disposición, trabajo y sacrificio.

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