DIARIO DE JEREZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

El otro día estuve observando desde el balcón a las personas que disciplinadamente hacían cola para comprar en la frutería del otro lado de la calle. Todas iban con mascarillas y guantes y en todo momento respetaron la distancia de seguridad recomendada. Bajo el calor que acompañaba esa mañana esperaron pacientemente su turno sin entrar en contacto. Cuando sus miradas se cruzaban giraban la cabeza y cada una se perdía sabrá Dios en qué mundo. No cabe duda que la pandemia ha modificado nuestros hábitos. Parece que es historia cuando tras encontrarme con un amigo en la calle le plantaba dos sonoros besos sin pedirle permiso ni sentirme culpable por irrumpir en su paseo. ¡Faltaba más! Para eso están los amigos, para darles achuchones, para abrazarles, para caminar de su brazo y para invadir su espacio vital cuando se les hace una confidencia. Ni qué decir de sentarse con ellos en un bar, compartir una ensaladilla, unas croquetas o unas patatas aliñadas dejando a nuestros tenedores entrar y salir a su antojo de la misma ración. Somos un pueblo de costumbres cálidas, por decirlo de alguna manera. Tenemos una cultura afectuosa que no teme al contacto físico, sino al contrario, lo busca, lo disfruta, lo necesita. Resulta difícil retenernos en casa. Amamos la calle, las terrazas, el buen ambiente. Es como si hubiéramos nacido con un gen que nos impulsa a acercarnos al otro, a tocarle, a buscar su compañía, a compartir una copa de vino y a disfrutar de una charla en un espacio reducido, casi íntimo. Las circunstancias nos han despojado de la libertad de la que disfrutábamos al relacionarnos con los demás y las nuevas normas me hacen sentir incómoda, como si una parte de mí estuviera encerrada a cal y canto. Añoro tomar una cervecita sentada a una mesa bajo el sol con la gente querida sin correr ningún riesgo. Me gusta que la vida sea como la mantequilla a temperatura ambiente, suave, untuosa, homogénea, amarillenta, perfecta para extenderla sobre el pan y meterle un buen mordisco.

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