Tribuna Libre

Fátima Ruiz de Lassaletta

Manolo Almocadén, la excelencia a fuerza de buscarla

Manuel Domecq-Zurita, con su esposa, Carmen Cristina, hace unas semanas en el Palacio de Campo Real. / D.F. Manuel Domecq-Zurita, con su esposa, Carmen Cristina, hace unas semanas en el Palacio de Campo Real. / D.F.

Manuel Domecq-Zurita, con su esposa, Carmen Cristina, hace unas semanas en el Palacio de Campo Real. / D.F.

Manolo Domecq-Zurita, así le llamábamos en el sector jerez y brandy durante más de 30 años de su fructífera vida profesional dedicada a las bodega de sus mayores, la Casa Domecq. Y en sociedad le llamaban Manolo Almocadén, de Despeñaperros hasta el Canal de la Mancha y desde México hasta toda la bota de la península italiana -que tantas veces se recorrió, como imagen y directivo, con sus brandies y jereces cuyas ventas se triplicaron- con su equipo comercial internacional en las décadas que él les dedicó, ya que nunca dejó de ser un embajador del vino y brandy de nuestro Marco. Que fue en enero de 1967 cuando coincidimos por primera vez en el sector del jerez y brandy, en las bodegas.

Decir que Manolo es un amigo de siempre casi me resulta pretencioso. Lo ha sido sobre todo en este siglo con una tertulia literaria -que mantuvimos un grupo de amigos alrededor del poeta Francisco Bejarano- por lo que lo arduo ahora –dicho esto- será completar esta semblanza sin que me tiemble la mano y se emborrone la tinta, pues del ilustrísimo señor Manuel de Domecq y Zurita -también académico de la Real de San Dionisio de Jerez- está ya casi todo escrito por otra común amiga, la letrada y contertulia Carmen Oteo, en su libro ‘Las lágrimas del vino’. Y conocido, por las miles de personas que, con Carmen Cristina, han recibido en su casa-palacio de Campo Real, donde siempre aplicaron –como el lema ‘Laissez faire, laissez passer’, para que el visitante o amigo se sintiera como en su propia casa.

Como ‘El Gato Pardo jerezano’, se le entrevistó, en estas mismas páginas del Diario, a primeros de este siglo… Y en verdad que Manuel Alfonso recibió una formación de príncipe, en Jerez, Valladolid, Londres y Lausana y vivió como tal su representación primero de Pepsi Cola en París y después de los caldos jerezanos por todo el mundo: desde el Orient Express, desde los Ritz y Palace de las principales capitales del mundo y por las embajadas de España, cuyos embajadores siempre le recibieron como a uno de los mejores copropietarios –su señor padre lo era- agente y representante de una Casa sobre cuyas botellas nunca se ponía el sol… Y así en la Casa Domecq en Jerez, para el cliente VIP el bodeguero no se hacía esperar, pues antes o después aparecía deslumbrante don Manuel Domecq, para convencerle de las excelencias de sus productos.

Manuel, hacia la mitad de su larga y fructífera vida como en una fina novela romántica, disputó a un marqués la atención de Carmen, en una Feria a la que ella había traído sus caballos. El aún no sabía que la iba hacer vizcondesa y dentro del año de su compromiso se casaron en la Catedral hispalense, con ágape de mil amigos en el Casino de la Exposición. Se instalaron en el antiguo pago vitivinícola de Pinosolete, mas siempre pensaron en recobrar y restaurar una casa palacio para la ciudad. Tuvieron apalabrado Villapanés en San Miguel, mas circunstancias familiares favorables a la pareja pusieron en sus manos el palacio de Campo Real, de sus mayores desde hace siete siglos, a través de Benavente y Zurita. Entre San Lucas y San Mateos con patio renacentista y fachada neoclásica, escalera regia, jardines, archivo histórico y biblioteca.

Allí celebraron las fiestas de sus tres hijas, mientras le dedicaban todo su tiempo libre y ahorros de hijos de familia para su total rehabilitación, restauración, decoración y mantenimiento. Con un gusto exquisito y con la sabiduría de un hombre de mundo e innata -por su juventud- en Carmen Cristina, de quien él descubrió sus valores y los compartió para hacer de esa monumental Casa un hogar y un lugar de orgullo para Jerez y su historia.

Manuel tuvo porte González Gordon y su rostro fue Domecq Loustau –fue quien más se pareció a los retratos existentes del bisabuelo y creador de la fama del brandy de sus bodegas-, fue atento en extremo con todos y amable y generoso con su próximo y su prójimo. Amigo leal de sus muchos amigos, culto y ameno conversador, lector selecto y orador de fe profunda, por lo que nada más impropio seria que desearle ‘Si tibi terra levis’ (que la tierra te sea leve), sino aclamar: que descanses en la Paz de tu Señor Jesús.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios