David Fernández

El mayor de los misterios

Cualquier disciplina artística bien cultivada, desde el baile a la arquitectura moderna, puede aspirar a captar la atención del ser humano e incluso a pellizcarle la piel. Pero sólo la música logra conmover el alma hasta donde ni somos capaces de imaginar. Ni siquiera la poesía conquista los corazones como lo hacen el violín y la guitarra. Cualquier instrumento musical puede elevar al personal un palmo por encima de la tierra, aunque sin duda es la voz humana la que guarda el mayor de los misterios.

Como dejó dicho el autor polaco Józef Wittlin, muchos artistas expresan una hondura que ni siquiera ellos presienten. Y a esta categoría tan especial pertenecía Manuel Moneo. Cuando un cabal como él entonaba una soleá o una seguriya no importaba ni la letra. El timbre del cantaor de La Plazuela era pura armonía jonda, pura música, puente de oro entre lo terrenal y lo divino. Con Moneo se marcha el patriarca de una saga como no nacerá otra en San Miguel en un siglo, bronce de La Plazuela, centinela del cante entendido como un arte y a la vez una forma de expresión capaz de atrapar a todo el que se aproxima a él con el corazón abierto. Manuel no era un artista al uso, él, como tantos otros de su generación, pertenecía al prototipo de cantaor jerezano que se prodigaba poco por los estudios de grabación, pero que en directo dictaba sentencia con su poder de transmisión. Parafraseando a Terremoto, pudo haber vivido como un rico en Madrid, pero prefirió quedarse en su tierra.

A Manuel había que perseguirlo por los escenarios porque en el momento más insospechado cualquier cosa extraordinaria podía suceder. Lo que otros se pasan la vida buscando con él aparecía como por arte de magia. Y donde apenas admitía discusión era en las distancias cortas. En la peña y en las fiestas con los amigos se disfrutaba por partida doble de su cante virgen sin concesiones a la galería. Con el mayor de los Moneo se nos va también uno de los más grandes saeteros del reino. Y se cierra una generación de oro de aquellos intérpretes jerezanos del cante que nacieron del hambre y de la posguerra, empezando por La Paquera y terminando por el mismísimo Agujetas. Para los anales quedan los dos Manueles inmortalizados por Saura en un antológico mano a mano en la impagable Flamenco. Machado señaló con gran tino que "se canta lo que se pierde", y Manuel, afectado por sus vivencias, fue siempre el fiel reflejo de la memoria de sus ancestros, cuyo molde se fue con el siglo XX. En su cante había más verdad que en todas las definiciones del universo, y su complejidad residía precisamente en que no se podía explicar con palabras. Lo único cierto es que Manuel pertenecía a esa estirpe de cantaores capaces de acercar el cielo a la tierra sin necesidad de saber de dónde procedía su poderío.

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