Cuando la única televisión que había entonces en España emitía ya en color, pero con espíritu y mentalidad en blanco y negro, se inventó un programa, casposo ya para la época, que se llamaba 300 millones. Se componía de actuaciones musicales de artistas de uno y otro lado del charco -tipo Pablo Abraira o Betty Missiego, para que los más viejos se hagan una idea- y su título hacía referencia al número de personas que hablaban español en el mundo. No sé si aquello pretendía fortalecer una comunidad hispana que entonces estaba tan deslavazada como ahora. Ésos tiempos, como éstos, estaban llenos de buenas intenciones y pocos logros. Si exhumo este viejo programa del baúl de los recuerdos es por su título: de los 300 millones de hispanohablantes de hace cuatro décadas hemos pasado a 580, casi el doble, según se ha reiterado en el congreso de academias del español, 23 en todo el mundo, que durante estos días se está celebrando en Sevilla.

Estos 580 millones de hablantes ponen al español, junto al inglés y al chino, a la cabeza de los idiomas con más proyección mundial y lo convierten en la segunda lengua más utilizada en internet. Y ahí está una de las claves de lo que están discutiendo estos días los encargados de preservarlo y cuidarlo. El español no puede vivir sólo de un glorioso acervo literario. Hasta ahora ha sido como uno de esos hidalgos tan bien retratados en nuestra literatura clásica: intentaba vivir de la ensoñación de su pasado porque no sabía cómo afrontar su presente ni mucho menos imaginar su futuro.

El enorme potencial del español y su capacidad para crear comunidad en el mundo que ya ha llegado de la inteligencia artificial y la comunicación científica globalizada es enorme. Ése es el objetivo que se han impuesto las academias y es el camino porque el que debe transitar el español. Todavía queda casi todo por hacer. Lo decía ayer en este periódico Mario Tascón, actual presidente de la Fundéu (la fundación que se encarga de vigilar el buen uso del idioma), que se quejaba de la práctica irrelevancia del español en los ámbitos científicos y de desarrollo de la inteligencia artificial. El director de la Real Academia, Santiago Muñoz Machado, quiere salir del congreso de Sevilla con un proyecto denominado LEIA (Lengua española e Inteligencia Artificial) puesto en marcha. Se trata de enseñar a las máquinas a hablar buen español. Es el inicio de un camino que debe llevar a que el idioma de 580 millones de personas sea un instrumento potente que nos ponga en el futuro.

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