No es justo que a una ministra la juzguen como si fuese una cualquiera. A la que durante meses lo ha sido (y encima de Sanidad, que no es ninguna bicoca), aparte de exigirle que llevara las chaquetas bien planchadas, que no dijera palabrotas ni comiera chicle en sus visitas a la Moncloa, como ahora se ha puesto de moda mirar a los políticos con lupa, le exigieron además que demostrara que nadie le había regalado cierto título universitario que olía a chamusquina. Y a punto estuvo de demostrarlo. Si no llega a ser por lo mal que miente, porque las pruebas del chanchullo eran irrefutables y porque el trabajo que había presentado tenía la particularidad de haber sido copiado descaradamente, quizás ni estuviéramos hablando de su dimisión.

Pero si ya ni a las ministras les vamos a perdonar que falsifiquen los trabajos universitarios; si no van a poder mentir ni cuando les pregunten la edad y tampoco va a estar bien visto que obtengan diplomas por ser quienes son, ¿quién va a querer gobernar en España? Para llevar la misma vida que llevaban las modistillas de otras épocas, no se mete una a ministra, sino que se queda en casa esperando que le salga un novio.

Nada de esto ocurriría si a nuestros dirigentes, para tomar posesión del cargo, les bastara con tener un curso a distancia de guitarra. Pero eso ya no es suficiente. En mala hora nos dio por quejarnos de la poca preparación académica que tenían nuestros políticos. Como a muchos de ellos daba lástima escucharlos, a alguien se le ocurrió que reclamarles formación universitaria sería lo más conveniente, sin caer en la cuenta de que los diplomas, bien enmarcados, pueden quedar muy monos en el despacho, pero que al fin y al cabo una cartulina con grecas y la firma de un rector tampoco hace milagros.

Lo que pocas veces se les tiene en cuenta a estas personas con vocación política temprana es el enorme esfuerzo que han tenido que hacer para llegar arriba. A la hora de convalidarles asignaturas, apenas se les reconoce que han sacrificado su juventud haciendo méritos desde las bases del partido, acudiendo a mítines para hacer bulto, soportando congresos inhumanos o haciendo de palmeros en comparecencias soporíferas. Todo ello mientras los demás estudiantes se podían permitir el lujo de asistir a las clases, de tomar apuntes y estudiar para unos exámenes que difícilmente se pueden preparar cuando toca salir a pegar carteles en campaña.

Así que no me parece que haya que linchar a nadie por trapichear con unos títulos que, por otra parte, tampoco es que sean de neurocirujano. Y mucho menos habrá que pedir responsabilidades a los rectores de esas facultades rumbosas que regalan títulos como quien regala flores. Más que nada porque si hay algo que sobra en España son universidades. Al haber tantas universidades como perfumerías, lo más normal es que el ritmo de expedición de esos títulos sea similar al ritmo de producción de una churrería los domingos como hoy.

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