TIENE QUE LLOVER

Antonio Reyes

Un mojón

MIEDO me da. Aunque más que miedo, cuando uno escucha las últimas cifras macroeconómicas lo que siente es pánico. A pesar de los discursos esperanzadores del gobierno, los brotes verdes no aparecen por ningún lado. Es más, no es que los brotes no sólo no maduren, sino que al parecer, de ahí el canguelo, ni siquiera logran germinar.

El aluvión de datos económicos negativos de estos días se ha convertido en una especie de tsunami que arrasa cualquier perspectiva de esperanza. Así, el Fondo Monetario Internacional prevé una contracción de la economía española del 0,8% para 2010. España, novena potencia económica mundial, será la única gran economía del mundo que seguirá en recesión en este año recién comenzado.

Ese fue el primer toque de atención. Pero el huracán de las malas cifras no se detuvo ahí. La deuda de las arcas públicas ascendió en 2009 al 11,4 por ciento del producto interior bruto, casi dos puntos por encima de lo previsto por el Gobierno hace apenas unas semanas. Y a ello hay que añadir el paro: más de 4,3 millones de españoles engrosan las listas del desempleo, lo cual nos indica que el 18,93% de la población activa (españolitos en edad de trabajar) no tiene trabajo. El peor dato desde 1998. El volumen de familias en que todos sus integrantes están en el desempleo alcanza cotas alarmante: 1.200.000 hogares españoles tienen a todos sus miembros en el paro.

Con este panorama se anuncia un drástico recorte del gasto público de más de 50 mil millones de euros hasta 2013. La primera medida planteada ha sido la reducción de la oferta de empleo público. Es decir, se acabó el que las administraciones públicas -estado, comunidades autónomas y ayuntamientos- sean quienes tiren del carro del empleo. Quiera Dios que aún queden empresarios y, sobre todo, que no sean como el jefe de la CEOE, porque entonces negros nubarrones se ceñirían sobre nuestro cielo.

Y si no tuviéramos ya bastante con este corolario de catástrofes, resulta que también se retrasa la edad de jubilación hasta los 67 años. Uno, que lleva ya más de 30 años de cotización a la Seguridad Social, vivía con la grata esperanza de retirarse plácidamente en pocos años a algún Hogar del Pensionista a jugar al dominó y a decir zalamerías a las viejecitas que hacen patines y jerseys de punto para sus nietos. Resulta que tampoco, que las previsiones del gobierno indican que del tajo tendremos que irnos de cabeza al otro Tajo, pero con una piedra al cuello que nos conduzca directamente hasta las profundidades de la eternidad.

Nuestros dirigentes, como buenos aprendices en sus años mozos del Catecismo de Ripalda, han decidido, tratándonos como si fuéramos monjes trapenses, que a estas alturas añadamos a nuestro ideario los votos propios de la vida consagrada: pobreza, castidad y obediencia. Los dos primeros están asumidos: yo al menos ya los cumplía. Pero, ¿el tercero? Un mojón. Con el bastón de viejo en la mano gritaré hasta desgañitarme a ZP y a su gobierno diciéndoles: compañeros, para este viaje no hacían falta tantas alforjas.

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