HABLADURÍAS

Fernando Taboada

Ante todo, mucha calma

NO será por falta de temas de conversación. Por un lado están los grandes clásicos -el fútbol y los toros-, pero también cabe hablar de cine, o de las casualidades de la vida, como la que propició que la catedral de Mallorca la construyeran precisamente en Mallorca (y no en Sevilla, como pretenden algunos folletos turísticos.) Pues nada, habiendo temas de sobra, ¿qué se les ocurre preguntar a un ministro de Trabajo e Inmigración precisamente ahora, en este momento, digamos delicado, que atraviesa nuestra economía? Pues se les ocurre preguntarle por las cifras del paro en España. No del paro en Manchuria. No del paro en Crimea, que allí también cuecen habas, sino precisamente del paro en España. Menuda imaginación tienen los periodistas. ¿No estará el señor ministro ya harto de que le vengan siempre con la misma canción? A lo mejor al hombre de lo que le gusta hablar es de pesca submarina o de tebeos antiguos. Sin embargo, a ningún periodista se le ocurre preguntarle por el Capitán Trueno. Le tienen que incordiar sonsacándole acerca de empleo y de inmigración, asuntos desagradables donde los haya.

¿Cifras del paro? Vaya embolado, pensaría cuando le abordaron esta semana los de la prensa. ¿Y ahora qué se contesta? Como algunos matadores cuando no lo ven claro, echó por delante a un miembro de la cuadrilla -su secretario de Estado- y se limitó a decir que "no hacía valoraciones porque no tenía todos los detalles." Toma, ¿y quién va a tener todos los detalles de casi tres millones de desempleados como hay actualmente? Para poder expresarse con propiedad acerca de tantísimos casos no solo habría que analizar, por edades y sexos, cuántos parados nuevos hay en la construcción, o cuántos maestros se han quedado sin empleo. Habría que ir más allá y saber al dedillo cuántos desempleados son del Betis y cuántos del Sevilla, qué cantidad de fumadores hay en paro y cuántos de ellos prefieren la tortilla sin cebolla. Entre tanta gente habrá de todo: albañiles, violinistas, estanqueras que leen a Simenon y protésicos que no aguantan las películas de Tarzán. ¿Y no es una imprudencia mezclarlos a todos en el mismo saco? Cuando lo que se necesita es la máxima eficacia, lo menos que podemos pedir es que se encaren los problemas con mucha calma. Y es lo que ha hecho el ministro de Trabajo. Seguro que, tan pronto le llegue cumplida información de cada uno de esos desempleados, pondrá manos a la obra. Pero nunca antes, no sea que lo tachen de atolondrado.

Es de agradecer tanta cautela porque hablar del desempleo así, en general, sin conocer los detalles, viene a ser como opinar sobre el hambre en el mundo alegremente, o sea, sin dominar los conceptos básicos de la macroeconomía, sin estar al corriente de lo último en dietética y sin saber qué le viene mejor al langostino, si la mayonesa o la salsa rosa. Antes de opinar, queridos niños, hay que documentarse.

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