Por montera

mariló / montero

El nicho vacío

SE preguntaba si el día de su entierro acudirían sus hijos. Para salir de la duda él mismo se mató. El dolor emocional que sentía le llevó a ese extremo. Tenía metida como un martillo la hesitación de vivir acompañado en el mundo. Ya no sólo en su casa, donde por supuesto, vivía en la más absoluta soledad. La certidumbre que se le había generado después de valorar qué había pasado en los últimos tiempos como para que estuviera viviendo solo, sin recibir ni una sola llamada, ni una carta, ni un mail, ni un simple saludo de cortesía cuando paseaba por la calle ya, ni siquiera, le hacía llorar. Se sentía invisible hasta cuando cruzaba la carretera donde temía ser atropellado y que el conductor no se diera cuenta. Le resultaba más dura la convicción de que nadie le recordara que haber dejado de hablarse solo.

El pesar del alma le había consumido su propia voz, los oídos habían perdido la costumbre de escuchar cualquier comentario que pudiera hacerse. Había abandonado la costumbre de relatar en voz alta cada acción que realizaba para sentirse acompañado. Él mismo se había convencido de que no valía ni para concomitar consigo mismo. Quería ver con sus propios ojos qué harían con su cuerpo el día en que aparecería sin vida en su casa ¿ Alguien sabría su dirección?¿Si moría en su domicilio, alguien descubriría su cuerpo? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que hallaran su cadáver?

Hadjar Lila vivía con un corazón torturado por el destierro. No entendía por qué motivo, teniendo varios hijos, hermanos, primos y supuestos amigos, nadie, desde que hace cuatro años había regresado a vivir Albania, se había puesto en contacto con él. La duda de qué había hecho o qué no, para ganarse el olvido de los suyos le llevó a escribir su propia muerte. Hadjar Lila, quiso celebrar su setenta cumpleaños acompañado. Para ello, llamó al diario del pueblo. Pidió que le pasaran con el departamento de necrológicas. Le respondió un redactor que, aplicado en su tristeza contagiada por su monótono trabajo, tomó nota de su nombre, su edad, la identidad de toda su familia, la iglesia con la hora de la misa… Aun así, Hadjar forró las paredes de Tirana de carteles con su fotografía donde en el pie de foto se leía su fallecimiento: 11 de septiembre de 2013. Llegó el día y la hora de autos: la iglesia permanecía vacía. Se sentó en el primer banco. Sólo apareció su hija mayor quien se sentó a su lado. No dijo ni una palabra. Hadjar, ya estaba muerto aunque su nicho permanece vacío.

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