Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

La noche

Una de las características de la juventud es el sentimiento de invulnerabilidad e inmortalidad, ahora convertido en problema

TODO parece indicar que la semana que viene la Junta de Andalucía va a dictar medidas para que las discotecas y los bares de copas no se conviertan en el caballo de Troya por el que entre la segunda fase de contagios masivos del maldito coronavirus, si es que no ha entrado ya. Como es bien sabido, el bicho tiende a manifestarse con síntomas cuando ya lleva unos cuantos días rulando por las vías respiratorias de su víctimay el contagio de hoy se manifiesta dentro de una semana. Mal asunto éste. Primero porque le va hacer mucho daño a los negocios que viven de la noche, que se suma a todas las demás penalidades que ya sufren desde que a mediados de marzo todo saltó por los aires de un día para otro. Pero, sobre todo, porque lo que la gente que vive la noche no se vaya a beber en los locales al uso tenderá a hacerlo en la calle incluso de peor manera. Y a ver dónde están los ayuntamientos que se atrevan a disolver por medios expeditivos concentraciones de chavales vaso en mano y, con suerte, mascarilla al codo que se besan, abrazan y se toquetean como se ha hecho toda la vida de Dios.

El problema es que los jóvenes no dejan de serlo por el hecho de que haya por ahí un virus arruinando la vida de sus mayores y –no saben hasta qué punto– la de ellos: la de ahora y la de los próximos años. Una de las características primordiales de la adolescencia e incluso de la primera madurez en un sentimiento de invulnerabilidad y de inmortalidad que, si ya existe en condición de reposo mental, aumenta hasta el paroxismo con la ayuda de la ingesta de alcohol y del resto de las sustancias que, al otro lado de la ley, forman parte de la noche como la luna y las estrellas. Únase a ello la sobredosis hormonal propia de la edad y tendremos un cóctel explosivo que es el que está detrás de la preocupación lógica de nuestras autoridades sanitarias.

Estamos ante un problema complicado que tiene mucho que ver también con la educación. No con la que se imparte en las aulas durante unos cuantos meses al año, sino con la mucho más trascendental para la vida que se da día a día en la casa de cada uno y que se basa en el ejemplo más que en la coacción. Nos iría mejor si en vez de aplicar decretos de la Junta para sacar a la gente de la noche y estabular a los jóvenes nos centramos en enseñarles a aplicar una cosa a la vez tan fácil y tan complicada como el sentido común.

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