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Pedro Sánchez se ha autocalificado con un notable alto: "Un notable creo que nos lo merecemos" [sic]. Cada vez que me dicen que yo me merezco algo, empiezo a preguntarme cómo me van a engañar. Si otros lo dicen de sí mismos, me pongo igual de escéptico, pero con más tranquilidad de espíritu, porque entonces es muchísimo más difícil que me engañen.

Lo del notable de Su Persona ha escandalizado mucho, pero teniendo en cuenta que con su tesis doctoral se llevó un sobresaliente cum laude, si aplicamos una regla de tres, tampoco es que un notable sea mucho. Hay que descontar, además, la tasa de inflación de la vanidad del autodenominado Pedro el Guapo, la necesidad de hacerse propaganda poniéndose por las nubes y el corro de los partidarios que le da un diez diga lo que diga (y él dice una cosa y la contraria). Tras esas sencillas operaciones matemáticas, lo raro es que su persona no se derrumbase en la tribuna de raro vacío. Un notable para él debe de ser muy poco. Y eso que no habrá leído a Gómez Dávila, que advirtió que en el mundo actual no hay notables, sino notorios.

Aunque puede que esté pensando en otra regla de tres. La de su ministro de Educación Castells, que va a dar becas a los que saquen un cinco pelado. Si es así, Sánchez con su notable, tiene margen para seguir dando vueltas en el Falcon y durmiendo en La Moncloa. "Nos lo merecemos", se repetirá las veces que haga falta, hasta que se convierta en una verdad. El precio que está pagando (pactar con Bildu, faltar a su palabra cada dos por tres, ocultar muertos…) es realmente alto para cualquier espíritu que se precie. Él es de ésos (véase su mandíbula de pura determinación) que aprueban no por lo que sepan, sino por echarle voluntad.

Por tanto, al presidente del notable habrá que decirle lo de aquel catedrático que aprobaba por pena a los alumnos malos con esta chicuelina: "Ya les suspenderá la vida". El hombre hacía dejación de funciones, amparado en una misericordia prêt-à-porter. Pero yo enseguida me acuerdo de mi madre, como tantas veces; y la piedad me entra por ustedes y por mí. Cuando la vida venga a suspender al presidente, lo hará sobre nosotros, nuestras economías y nuestro querido y maltrecho país, como veremos. Mi madre solía protestar de nuestros suspensos, que creaban mal ambiente en casa y trastocaban los veranos: "Suspendéis vosotros, pero los castigados somos los demás". Eso nos espera.

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