La Crestería

Manuel Sotelino

La Esperanza que siempre fue

ÉRASE una vez una bellísima imagen de María que tenía el rostro terso y como el nácar. Su mirada, contaban los más veteranos, brillaba como el fulgor de un ascua de fe que no tuvo límites. María aceptó el complicado reto de encarnar al Hijo de Dios. Pero nunca perdió la Esperanza de salir vencedora porque nada hay imposible para el Padre.

De aquella imagen poco quedó cuando una junta de gobierno pensó que la mirada viva y refulgente no era lo más acertado para incrementar la devoción hacia Ella. Su Hijo calló mansamente mientras llevaba el pesado madero sobre sus anchos hombros. Así que la Madre fue a parar a un cuestionado reformador que desencajó la belleza de la imagen de María. La policromó como Dios le dio a entender, le quitó sus bonitos ojos brillantes y la devolvió para el culto. Pero ya no era lo mismo. O sí lo era. Pues por mucha torpeza que tuviera el ‘restaurador’, María nunca dejó de tener encanto. Y muchos fuimos los que conociéndola así nos enamoramos de Ella. Siempre aquietada y silente en su capilla del Voto. Como queriéndole dar todo el protagonismo a su Hijo que carga con el madero con esa elegancia distinta. Y así pasó el tiempo. Diez, quince, veinte años y muchos más. Hasta que llegó la hora de hacer justicia con la bella imagen de María. Ahora sí que cayó en buenas manos. Y en los talleres de unas profesionales con la debida preparación devolvieron el fulgor de su mirada, y su terso rostro volvió a ser nacarado.

Nunca hay mal que cien años dure. Y ahora, María de la Esperanza, volverá a lucir tal y como la concibió su creador, cuyo nombre queda guardado en el arcano de los secretos. Luce más hermosa, pero no alcanzará más devoción, pues no le hizo falta nunca cuando Ella no era verdaderamente Ella. Todo esto lo vi yo el pasado viernes en San Francisco. Lo vi en la mirada de sus cofrades. En la mirada de Pepe Soto y de Paco Barra. Por fin han visto cómo se hacía justicia. A Paco Barra le envío un abrazo desde estas páginas. Verás cómo la Virgen te ayuda, Paco. Y a Pepe le ofrezco una sonrisa cómplice porque sé que han sido los pagos que más a gusto ha realizado.

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