Tribuna Cofrade

Salvador Gutiérrez Galván

El niño que recordó a Francisco la importancia de ser bueno

¿UÉ   decir y cómo decirlo? ¿Sirven las palabras? A casi todos nos surge esta duda a la hora de invitar a alguien al camino de la fe. A veces uno no sabe realmente cómo actuar. No tienes más remedio que sopesar tu intelecto moral y rogar un poco de fuerza espiritual en tu favor. ¿Cómo hablar de Jesús para invitar? ¿Y si estuviera midiendo, sin querer, la fe de los demás? ¿Cómo hablar del perdón, el sacrificio o el amor al prójimo equilibrando novedad y ternura? ¿Y cómo hacerlo cuando, de verdad, te ponen contra las cuerdas?

UÉ   decir y cómo decirlo? ¿Sirven las palabras? A casi todos nos surge esta duda a la hora de invitar a alguien al camino de la fe. A veces uno no sabe realmente cómo actuar. No tienes más remedio que sopesar tu intelecto moral y rogar un poco de fuerza espiritual en tu favor. ¿Cómo hablar de Jesús para invitar? ¿Y si estuviera midiendo, sin querer, la fe de los demás? ¿Cómo hablar del perdón, el sacrificio o el amor al prójimo equilibrando novedad y ternura? ¿Y cómo hacerlo cuando, de verdad, te ponen contra las cuerdas? Recuerdo hoy el gesto emocionado del papa Francisco en aquella visita a la  parroquia de San Pablo de la Cruz, en la periferia romana, hace ahora justo un año; también en Cuaresma. Emanuele, un niño de 10 años, conmovió a todo un país cuando se le cortó la voz y comenzó a llorar delante de su santidad. Pasaban los segundos y aquel niño, pegado al micrófono, seguía engarrotado en su padecimiento. Le distaban apenas seis metros de su interlocutor y no podía articular palabra. – “¿Quieres decírselo al oído?”- , le animó un cura próximo. Me sobrecoge todavía la escena de aquel niño cubriendo con sus manos las lágrimas de dolor mientras el buen sacerdote le sostenía de camino a la silla del Pontífice. – “Dímelo al oído” – le consolaba también Bergolio. – “Ven, ven, acércate” – le confortaba angustiado. Varios de los presentes simulaban su nudo en la garganta. Y nada más llegar a él, Emanuel se dejó abrazar desconsolado, enfrascado aún más en sus sollozos. El Papa Francisco le sostenía en su dolor. Emanuele no decía nada. Sólo lloraba. Pasaron unos minutos hasta que el público pudo apercibir el rostro de Francisco concentrado, al fin, en  las primeras palabras del niño. 

El papa explicó que Emanuele lloraba porque su padre había muerto recientemente. A pesar de que no creía en Dios, lo llevó a bautizar junto a sus otros cuatro hermanos. Y le preguntó a Francisco si su papá, que era un buen hombre, estaba en el cielo , a pesar de ser ateo.  Al cabo de unos segundos, cuando Emanuele se retiró a su sitio el papa tomó la palabra con la voz entrecortada: “Qué bonito que un hijo diga que su papá era bueno. Si ese hombre ha sido capaz de tener hijos así, es verdad que era un gran hombre. Emanuele,  Dios seguramente estaba orgulloso de tu papá, porque es más fácil que, siendo creyente, se bautice a los hijos que, siendo no creyente, bautizarlos. Y seguramente esto a Dios le ha gustado mucho. ¡Quien dice quién va al cielo es Dios! 

Y mirando a los presentes preguntó: “¿Cómo será el corazón de Dios, delante a un padre así?  ¿Dios abandona a sus hijos cuando son buenos?”. 

Reconozco que no tengo una reflexión establecida para esta escena del pequeño Emanuele y el Papa Franscisco. Pero me reconforta en este tiempo de cuaresma. Dejo al lector el beneplácito de la interpretación y una frase del Evangelio de Lucas, por todos, conocida:…y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraiso». (Lucas 23, 39-43)

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