Tribuna Cofrade

Susana Esther Merino Llamas

Un soplo de aire fresco

HAY momentos en los que la vida nos da la oportunidad de poder visualizar y sentir lo que tenemos más cerca de lo que pensamos, muy alcance de nuestras posibilidades, pero que por encontrarnos inmersos en infinidad de asuntos, no llegamos a valorar lo suficiente.

El otro día, sin ir más lejos, Dios me puso en las manos la ocasión de compartir, dentro de estos días de bullicios presemanasanteros, un más que agradable rato de formación a modo de tertulia. Esta vez se requirió de mi humilde visión sobre determinadas cuestiones relacionadas con el mundo de nuestras hermandades y cofradías. Se trataba de un grupo de personas encantadoras que, perteneciendo todos ellos al seno de nuestra Iglesia pero que igual no los catalogaríamos como cofrades al uso, sin ellos mismos darse cuenta, me volvieron a renovar esa ilusión, que no perdida, pero sí que quizá algo solapada por tantos y tantos  prismas a los que prestamos atención en nuestro día a día como cofrades.

A medida que la charla avanzaba, sentía cómo, en la medida de mis posibilidades, se iba creando un clima cargado de preguntas interesantes y reflexiones envueltas de una absoluta madurez por parte de este estimado grupo, que me hicieron caer en el análisis y en la cuenta de que hay algo más allá de lo que solemos tener siempre por delante. En momentos así vemos claramente cómo muchas veces nuestra atención se sumerge en aspectos que no nos dejan apreciar el sentido de la autenticidad en este recorrido donde nos preparamos para conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y el dolor sufrido por su Madre.

En algo más de hora y media, tratamos sobre el verdadero sentido de la estación de penitencia y la importancia de vestir la túnica nazarena, desgranamos la Pasión de Cristo cronológicamente a través de cada una de nuestras hermandades y cofradías, repasamos las diferentes insignias que procesionan en nuestros cortejos, entre otros puntos. Se contaron anécdotas, experiencias, recuerdos, todo ello despojado de ese cascarón de, y permítanme la expresión,  materias que dejamos que sean catalogadas como el ‘sumun’ en lo que se refiere a lo cofradieramente hablando.

Por unos instantes, los palcos, las sillas, las carreras oficiales, las igualás, los carteles, los pregones, las bandas, las flores, las juntas de gobierno, … dejaron de ser, aunque sea por ese rato, los protagonistas de esta historia que entre todos nos encargamos de escribir, dirigir y protagonizar día a día, con más o menos éxito, según fluya la corriente.

Por supuesto, y yo la que más, todos disfrutamos, no sólo en estas benditas jornadas de cuaresma, sino en nuestra vida diaria, porque así somos los que vivimos en cofrade, de los compases de una excelente marcha procesional, de los versos que se le dedican a nuestros Cristos y nuestras Vírgenes desde el tintero de nuestra alma, de los terciopelos bordados en los mejores talleres y que ahora abrigan las duquelas de la Madre de Dios, del cielo aturquesado que se derrama sobre unos pies clavados al recio madero,…

Pero a veces, la vida también nos premia con la suerte de, en medio de tantos quehaceres y tanto ruido, atesorar en lo más hondo de nuestro ser ese soplo de aire fresco venido de la autenticidad de corazón y que nos ayuda a seguir en la brecha. Por ello, no quiero cerrar estas líneas sin darles las gracias a quienes contaron con mi presencia. Y es que fue todo un verdadero regalo de Dios.

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