Tribuna cofrade

Susana Esther Merino Llamas

La Virgen visitará cada una de nuestras casas

TRAS el estado de alarma en el que nos encontramos inmersos por mor de la existencia de ese virus que casi se ha convertido en el “leitmotiv” de nuestro día a día, los cofrades hemos vivido, mejor dicho, estamos viviendo, cómo la Cuaresma se nos ha terminado haciendo añicos. Los mismos que estamos recomponiendo con ese pegamento que ninguna marca comercial ha conseguido patentar aún, el de la responsabilidad, la madurez, y sobre todo, el de la solidaridad. Por ende, lo mismo ocurriría con la suspensión de los desfiles procesionales. Hemos asumido, con la entereza que se pueden digerir estas cosas que nos tocan hasta el último resquicio de nuestra alma, que habremos de esperar un año más para sentir sobre nuestro cuerpo el arropo de la túnica nazarena que este año quedó sin sentir el vapor de la plancha en los días de vísperas. (Valga este inciso para ponderar todo lo que ganamos cuando, durante el año, rompemos el silencio de la rutina para buscar un momento de oración ante nuestros Sagrados Titulares. Os puedo asegurar que es la mejor vacuna a la desesperanza que hemos podido llegar a sentir en estos días).

Y al igual que hemos vivido cómo han caído, cual efecto dominó, otras actividades de nuestro calendario festivo, era casi un secreto a voces la suspensión de la Romería del Rocío para el presente año.

Hay que decir que con las idénticas magistrales maneras que el orbe cofrade ha afrontado este mazazo a nivel emocional y material, también el sentir rociero se ha hecho latente en estas jornadas tan especiales. La Hermandad del Rocío de Jerez, en este caso, ha sacado lo mejor de sí misma y sigue remando a favor de obra con su labor asistencial.

Pero ese punto de inflexión donde convergen, con la sensatez y la más que buena intencionalidad, los corazones cofrades y rocieros (que vienen a ser los casi los mismos), no es óbice para que hayamos experimentado cómo ese pequeño haz de luz de esperanza por tener la posibilidad de pisar las arenas del Coto más soñado durante un año entero se nos ha apagado sin mediar permiso alguno.

La oficialidad de la noticia nos ha servido para caer en la cuenta de que Ella, la Santísima Virgen del Rocío, no ha demorado ni una milésima de segundo para extender su infinito manto sobre todos nosotros, y más que nada, sobre aquellos que más la necesitan. Como Divina Enfermera que es la Madre de Dios, más que nunca se está haciendo presente en las cabeceras de las camas de los hospitales donde la vida y la muerte se echan constantemente un pulso entre respiradores, batas y mascarillas. Desde  esas Marismas Azules que se encuentran en el Cielo, la Blanca Paloma ya ha intercedido ante el Altísimo para que gocen de la Gloria Eterna las almas de los que se han ido en estos últimos días.

También Ella, desde su joyel almonteño que la custodia, se está haciendo presente en la fuerza, el ánimo y la resistencia de tantos profesionales de diferentes sectores que se están dejando literalmente la piel para velar por cada uno de nosotros.

Es cierto que este año la brisa de Sanlúcar no besará nuestros rostros, y los rayos de sol morirán solapados entre el verdor de los pinos porque no podrán posarse sobre la plata de la carreta del Simpecado, ni Muñoz y Pabón volverá a tornarse en ese vergel de catarsis de sentimientos tan difícil de explicar, ni podremos mirar a la Señora frente a frente fundidos a esa bendita reja que tanto sabe de promesas cumplidas, ni el Pastorcito Divino nos esbozará una inocente sonrisa desde el regazo de su Madre, ni el lunes por la mañana podremos salir a recibirla a las puertas de nuestra jerezana casa de Hermandad…

Porque Ella, la Santísima Virgen del Rocío, el lunes de Pentecostés visitará una por una cada una de nuestras casas y la sentiremos más que nunca calando en lo más hondo de nuestro ser y será cuando digamos con más fuerza que nunca ¡Viva la Virgen del Rocío!, ¡Viva esa Blanca Paloma!, ¡Viva el Pastorcito Divino!... y que ¡Viva la Madre de Dios!

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