Tribuna cofrade

Salvador Gutiérrez Galván

Vivir en verdad

Uno de los retos que me plantea siempre la Cuaresma es el propósito de caminar en verdad. Mostrarte ante los demás con la absoluta sinceridad de tu debilidad no es fácil, porque todos llevamos nuestras mentiras ocultas. Y reconocerlas no agrada. Ni siquiera ante uno mismo. Decir “no sé”, dar la razón al que te aconseja o claudicar en el debate se entiende hoy como apocamiento. Por eso creo que tiene mucho sentido las veces en las que Jesús hablaba a sus apóstoles alertándoles de este modo: - “En verdad, en verdad os digo” – Porque su mensaje despolvaba las impurezas de las que hoy nos seguimos rodeando, con otro tipo de caretas. Caminar ‘en verdad’ nunca ha sido fácil.

Uno de nuestros problemas cotidianos es que aún creyendo en la verdad y reconociéndola, nos cuesta ponerla en práctica. Ciertamente vivir en  verdad parte de uno mismo hasta reflejarse en los demás en la medida en que somos  capaces de convertirnos en serenidad y alegría. ¿Y quién le pone el cascabel al gato? Todo depende del ritmo que demos a nuestra maquinita de la conciencia, cuyo examen  puede ser diario, mensual o, en el peor de los casos, inexistentes. Por eso este caminar hacia la verdad debe llevarnos a detenernos, a la búsqueda de un desierto personal. Pero, ¿quién se para estos días para autoevaluarse en esta sociedad que ha cronificado la prisa?

Todo esto me lleva a reflexionar en un momento de la vida de Jesús que personalmente me apasiona, y confieso que me hubiera gustado actuar así en tantas ocasiones. Me refiero al modo en que Jesús se dirigió a los que perseguían a María Magdalena; podría ser hoy una especie de Máster en saber estar. (-“Maestro, a esta mujer se le ha sorprendido en el acto mismo de adulterio. La Ley de Moisés ordena apedrearla. ¿Tú qué dices?- Pero Jesús se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo…”) Nuestra sociedad esta falta de conductas similares. También hoy, tantas veces nos sentimos forzados ante el gentío a ofrecer la primera exhortación, la aseveración imperiosa, la autoridad de nuestro criterio. ¿Quién se detiene a ofrecer su silencio? ¿Quién es capaz de trasmitir al prójimo que la paciencia puede ser la respuesta? Hoy hablar poco sigue siendo tan útil como entonces. Las obras y sus desconciertos, más que las palabras, siguen siendo amores. La verdad sigue siendo la verdad. Vivir y caminar en verdad es hoy, como ayer, nuestro reto diario.

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