Cambio de sentido

Quien oye llover

Nombrar el temporal no nos hará preguntarle qué le hemos hecho al cielo -en minúscula- y a la Tierra -en mayúscula

Están cayendo monedillas de veinte duros!"-, clamaba padre al oír la lluvia sobre la uralita, y su voz feliz lo inundaba todo. Habría buena cosecha, jornales, rebusca, quehacer en la almazara, y luego, olivos cuajados de trama y juncias en los cerros y en las blusas de Tejidos Novedades, que el Domingo de Ramos quien no estrena se queda sin manos. Entre la ferretería de alquimista de mi viejo -pesa sales, arneros, la romana, artilugios de castrar la jámila, ruíllas pringosas, un péndulo de zahorí- no faltaba ni falta el pluviómetro; y abuela, que tiene un gabinete metereológico en la rodilla, soporta con gusto que un dolor de nublos se le meta en el menisco. "Va a llover", dice su cuerpo. No falla, y aún así, asiste religiosamente al parte del tiempo (no ve a cierto presentador porque cree que es malasombra y espanta el agua). Supongo que entienden por qué el mal tiempo lo tengo por bueno.

La intensa lluvia de estas semanas ha recuperado las reservas de agua -dicen que habrá menos restricciones-, ha limpiado el aire, ha calado en el campo andaluz. También ha devastado playas y buscado su madre en los barrancos, llevándose por delante lo que le salió al paso. "Chaparrón, suelta prenda/ diles torrencialmente lo que han hecho", escribía Aníbal Núñez. "Seguirán sin enterarse/ y te creerán sólo de agua/ pronunciarán borrasca como loros de trapo/ y tu violencia/ no será comprendida". Bautizan los temporales (Emma, Félix), pero aprender esos nombres -pura estadística y alfabeto- no servirá para preguntarles y preguntarnos qué le hemos hecho al cielo -que no al Cielo- y a la Tierra -que no sólo a la tierra-.

Créanme: la lluvia es coleccionable. En mi lluvismática ya he guardado los aguaceros -las aguas mil- de estos días. Agua a mantas, proteica, barroca; nubes con prisa; coladas iracundas en los cordeles; charcos donde probablemente habiten animales mitológicos; paraguas que, deshuesados, abiertos, sin dueño, corren locos por las calles. "La lluvia en Sevilla es una pura maravilla", decían en My Fair Lady. Cómo se nota que ese inglesito -el que abrasaba a mansplainings de esos a la pobre muchacha- era un guasa.

Hay algo adánico, de seriedad niña, que nos provoca la lluvia. Confío en quien la escucha. La perrilla de mi hermana es tan chica que aún no había visto llover. Hasta el otro día. Allí estaba, las orejas de punta, asistiendo a la fundación de la lluvia. Allí también nosotras, atentas, joviales, oído avizor: como quien oye llover.

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