Se habla mucho del poco civismo existente entre los más jóvenes. No se para de comentar la mínima educación que suele demostrar la juventud; la falta de respeto de los chavales hacia el mobiliario urbano es comidilla habitual para muchos. Puede ser verdad; no lo voy yo a poner en duda; sin embargo, la de los más jóvenes es parecida al del resto de la sociedad. La falta de educación, el comportamiento contrario a unas mínimas normas de convivencia, no es patrimonio de los ciudadanos de menor edad. No hay nada más que salir a la calle para darnos cuenta de que existe una manifiesta falta de respeto hacia los demás y hacia el entorno. Los semáforos existen, para muchos, como meros elementos de adorno, los pasos de cebra son sólo tatuajes de las calles, las papeleras sirven para casi nada; los paseantes de perritos siguen mirando hacia otro lado cuando sus queridas criaturas hacen sus caquitas en medio de las aceras... Y de todo esto no sólo es responsable el adolescente alocado, irrespetuoso y maleducado. Los hay, claro que sí, pero también hay mucho venerable maduro cuyo comportamiento desentraña lo más salvaje de las actuaciones. El otro día me encontré a todo un señor -o lo que fuera- dando patadas impunemente a latas de bebidas y a montones de basura acumuladas junto a un bordillo y echándolas para el centro de la vía porque molestaban para él aparcar su buen coche. La papelera se encontraba a escasos dos metros de donde pretendía estacionar su vehículo. Seguro que se estaba acordando de lo mal educada que estaba la juventud. ¡País!, que diría el gran Forges.

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