DE POCO UN TODO

Enrique García-Máiquez

Ser persona

POR su 45 cumpleaños han preguntado a don Felipe: "¿Qué se necesita para ser un buen príncipe?" Yo agucé mis oídos, pues conocía el intercambio intelectual de alto voltaje que tuvo lugar cuando entregó a don Álvaro d'Ors el premio Príncipe de Viana. D'Ors le animó "a practicar las virtudes del gobernante en forma heroica, con aspiraciones de santidad en la vida cotidiana", a lo que el príncipe replicó que "él no aspiraba a tanto", que le bastaba con cumplir la Constitución. Ahora, a la pregunta del requisito principal, respondió que lo esencial es... "ser persona", y remataba: "porque sin ser persona no somos nada".

Como si el mismo requisito sine qua non -pensé- no contara para ser bombero, cirujano, parado de larga duración o, incluso, profesor de secundaria. De hecho, parece que de lo único que se puede ejercer sin ser persona es de príncipe, precisamente. En la modalidad de príncipe encantado cabe ser un batracio.

Sin embargo, al oír las voces unánimes que hablan de "el príncipe mejor preparado de la historia", he recapacitado. Y es cierto que la pregunta se las traía. Porque, a ver, ¿qué hubiesen contestado ustedes? Si Felipe hubiese dicho que lo importante es ser honrado, habría parecido una crítica a la clase política; si ser íntegro, a su cuñado Urdangarín; si ser leal a España, habría ofendido a media España, como mínimo; si estar a la altura de sus privilegios, habría incomodado a doña Letizia; si hubiese reconocido el hecho de que para ser príncipe lo que en verdad se necesita, más que nada, es ser el hijo varón del Rey, habría irritado mucho al feminismo; incluso de haber reincidido en lo de la Constitución, habría escamado al Tribunal Constitucional, que todavía no ha decidido lo que sea nuestra Carta Magna. Alguien tan preparado como el Príncipe Felipe no tenía más salida que declarar que lo principal para un príncipe es… ser persona.

Así nos ha dado gratis una lección de filosofía política y fino maquiavelismo. No podía responder otra cosa y ha respondido lo que, además, puede conectar con la veta sentimental del público soberano. A poco que uno lo piense, nos ha venido a refrescar lo que explicó Tocqueville: "La democracia es un régimen de opinión pública". Lo que se requiere para ser príncipe posmoderno es no despertar las iras de una opinión pública que anda muy escamada con la inmensa mayoría de las personas que nos gobiernan, y con razón.

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