Bordón y tinta nueva

Santiago Moreno

El pianista invisible

NO lo entenderé nunca.En Milán, diez días antes de la historia que luego contaré, un público desquiciado se dejó las manos aplaudiendo a un piano sin pianista; a un robotizado piano de cola que interpretó -con exquisita exactitud- una de las obras más complejas de Rachmaninoff.

Huímos despavoridos de la sala cuando uno de los entusiasmados espectadores que rodeaban al instrumento pidió silencio para que el macabro piano pudiese retomar la interpretación de sus memorizadas y memorables composiciones.

En cambio, el hall del lujoso hotel Phoenicia de Valletta estaba en silencio cuando el anciano llegó a los pies del elegante piano. Abrió su carpeta de cuero y extrajo, con sumo cuidado, varias partituras. Tomó una al azar y las cálidas notas que Louis Armstrong inmortalizó en Casablanca comenzaron a resonar en la luminosa galería. Durante toda la tarde, las frases musicales de Liszt, Chopin, Gershwin... Fueron entrelazándose con las risas de las empapadas ancianas que venían de la piscina, el ruido de la cafetera y los desvaríos de algún que otro descarado móvil. Tocó con la solemnidad que se debe ofrecer al público de los teatros más célebres de la vieja Europa; no se desabrochó su gastada chaqueta negra y se permitió su primer trago de whisky cuando alcanzó la hora de entrega. Cuando decidió dar por acabado su trabajo no obtuvo vítores ni aplausos; acaso un pequeño atisbo de mi felicidad cuando se topó con mi rostro... Gesto que agradeció con una frágil reverencia. Luego recogió del suelo su portafolios y metió las partituras ordenadamente. Tras una pausa se puso de pie y, dirigiéndose al vació, soltó un forzado "thanks you". Conforme se alejaba del hotel -y de nosotros- observe cómo se iba volviendo cada vez más visible... Hasta convertirse en un orgulloso anciano que se perdió entre la gente.

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