Las dos orillas

El populismo

Desde el populismo no se soluciona nada y se perjudica a muchos, con lo que se genera más indignación

Se le debe reconocer a Pablo Iglesias un éxito político que no puede empañar su salida por peteneras: ha puesto de moda el populismo. Llegó en el momento oportuno, después de Zapatero y con una crisis, y aprovechó el movimiento de los indignados. Miles de ciudadanos compartían la indignación, en una España arruinada por ZP y sumida en la austeridad por Rajoy para evitar el rescate. Pero los podemitas no han buscado remedios, ni desde la oposición, ni desde el poder. Por el contrario, han creado nuevos modelos de enfrentamientos y han recurrido al populismo y al odio ideológico como motor de una lucha de clases reciclada. Ya no es marxismo al estilo antiguo, ya no es la revolución, sino algo más sutil: conseguir el poder para seguir culpando de los males a otros y aumentar el odio para perpetuarse.

Naturalmente, el populismo y el odio generan más populismo y más odio. Vox no hubiera prosperado sin Podemos. Era la reacción desde la derecha al extremismo en que había caído una parte de la izquierda. Y eso implica un riesgo indeseable: es lo mismo que sucedió en 1936, en los albores de la Guerra Civil, aunque es evidente que corren otros tiempos y hay otras formas. Pero el odio siempre tiene odiadores descerebrados. Y cuando se enciende la hojarasca se puede quemar un bosque, en sentido metafórico. Es complejo controlar el odio, en lo material y en lo espiritual, no es sencillo.

El PSOE y cierto sector del PP, en vez de ofrecer soluciones para frenar el juego sucio de los radicales, se dedican a imitarlos con tentaciones populistas. En la oposición es malo actuar así. Pero en el Gobierno es peor. Pues desde el populismo no se soluciona nada y se perjudica a muchos, con lo que se genera más indignación y los problemas siguen pendientes.

Pedro Sánchez enarbola la bandera del populismo que aprendió de Pablo Iglesias el podemita. Pedro Sánchez aplica estos días el populismo en el recibo de la luz (acusando a las empresas eléctricas de robar al pueblo, cuando el problema es diferente), en la mesa de Cataluña (haciendo el paripé de que va a arreglarlo con ERC, sin cambiar nada), en el salario mínimo (haciendo el brindis de que lo subirá 15 euritos, a pesar de los empresarios buitres), en la recuperación económica (diciendo que España estará mejor que nunca gracias a él), y todo así.

El populismo también se nota en que el líder aspira a recibir un culto fiel, cargarse a sus rivales internos, y perpetuarse como un dictador. Puede llegar un momento en que los votantes se harten del populismo, pero todavía no se han hartado. Y eso es lo peor.

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