Pasó por delante de la cámara y casi no se le distinguía de sus compañeros. Era una más de un grupo de ayudantes. No pensó un segundo el ofrecerse voluntaria. Mientras ellos trabajaban, una voz femenina hablaba ante el micrófono y emitía mensajes vacíos: defendía a su administración y su respuesta ante la crisis, hablaba de solidaridad. Abrí el periódico y vi la enésima donación de material médico a un hospital. Golpes de pecho, de nuevo. ¡Qué buenos es! Quizás si no hubiese creado un sistema para evitar que esa empresa cumpliera con sus obligaciones tributarias durante años, yo mismo aplaudiría. El gesto no merecía menos: gracias. No obstante, puede que si hubiese cumplido sus obligaciones como ciudadano la donación no hubiese sido necesaria. Se habría quedado sin aplauso, eso sí. Igual que si los organismos públicos hicieran su trabajo de forma eficiente y no fuesen meros propagandistas.

Angustiada, acariciaba su cabeza rapada durante la videollamada. El parón por la crisis del coronavirus le va a costar los ahorros. Ha pagado a sus empleados y tratará de mantenerlos un mes más. Ahorraba cuando podía, pues no tiene beneficios millonarios. Era consciente de que una crisis podía tirarle abajo el negocio. Contrasta con el Espanyol, el Barça o el Atleti, que harán un ERTE. Ella podría hacerlo, pero nunca tuvo la capacidad de ahorro del fútbol. Quizás no volvamos a una de sus tiendas, pero seguiremos pagando entradas y camisetas de estos clubes porque, ya lo sabe, usted es libre para todo menos para cambiar de equipo de fútbol. Algunos corrompen el sistema y nos dicen que es momento de arrimar el hombro o de aplaudir, poniéndose como ejemplo a ellos o sus amigos. Ayudemos, pero me surgen dudas. ¿No hay más preguntas?

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