Editorial

Un problema humanitario

La inmigración por el Estrecho concierne a España y a Marruecos, pero también a las autoridades de la Unión Europea

 CERCAde 200 inmigrantes han sido rescatados desde el fin de semana en aguas del Estrecho, en lo que parece ser un incremento general de la salida de embarcaciones desde distintos puntos de Marruecos cercanos a Ceuta y Melilla. Ni el fuerte Levante ni las precarias condiciones en las que deben atravesar la franja han impedido que se echen a la mar con el objetivo de llegar a las playas andaluzas. En comparación con el primer semestre del año anterior, también se nota el incremento: 573 personas fueron rescatadas frente a las 269 del mismo período de 2012. La primera consecuencia de esta avalancha es un problema humanitario, no otro. No hay desórdenes públicos ni España tiene mayores problemas para absorber, o repatriar en la mayoría de los casos, a estas personas. Es, pues, un asunto humanitario y, como tal, debe ser abordado. La llegada agolpada de inmigrantes ha llenado los centros de internamiento y los calabozos de algunas comisarías, y aunque la situación no es mala, sí podría llegar a serlo en el caso de que siguiesen llegando personas. La razón principal de este fenómeno es que en la costa norte de Marruecos se viene concentrando una importante población de inmigrantes subsaharianos que buscan cualquier situación para dar el salto: ya sea algún hueco en la valla de Melilla o el buen tiempo que, en teoría, proporciona el verano. Casi todos los inmigrantes llegados estos días son ciudadanos de países subsaharianos que han pasado meses en las cercanías de Ceuta y de Melilla y que carecen de medios para atravesar el Estrecho, de ahí que intenten cruzar en embarcaciones de las que suelen utilizarse en las piscinas. Ante ello, hay que aumentar la coordinación con Marruecos, ya que este país controla la llave de la inmigración subsahariana, aunque a veces las propias autoridades se ven desbordadas cuando no utilizan medios poco apropiados para su repatriación. Marruecos está dispersando a algunos de los concentrados por varias ciudades medias del país, pero lo cierto es que no paran de llegar: está ocurriendo en todo el norte de África, como se ha visto, recientemente, en las costas italianas. El problema no es ni mucho menos nuevo: ha habido veranos peores, pero ello obliga al Gobierno español a planificar una estrategia con Marruecos en la que no debe estar ausente la Unión Europea. Éste es un asunto que concierne a las instituciones europeas, puesto que el problema es común a muchos países miembros y a los estados amigos de la ribera sur del Mediterráneo. Sin una estrategia planificada, Europa no sabrá hacer frente a un flujo poblacional que parece no depender de los vaivenes económicos.

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