A propósito de Santa Sofía

La Iglesia sigue presa de tópicos inactuales en vez de defender con uñas y dientes a las cristiandades perseguidas

EL interés que suelen despertar los asuntos culturales, y no digamos los religiosos, en redacciones y lectores es perfectamente mensurable: está a varios años luz de lo que suscitan los amoríos de toreros maduros y floreros recién salidos de las manos del alfarero. Por eso me ha parecido un pequeño signo de salud, una muestra de que quizá no esté todo del todo perdido, la moderada pero sensible reacción que se ha producido en Occidente por el anuncio de la intención del Gobierno turco de cambiar el estatus de Santa Sofía, en Estambul, de museo a mezquita.

Como es archisabido, la apoteósica Santa Sofía, corazón espiritual del cristianísimo imperio que llamamos bizantino –aunque nunca se empleara esa expresión en sus mil años de existencia–, fue ya transformada en mezquita tras la conquista otomana de 1453, y así permaneció durante casi quinientos años, hasta que Kemal Ataturk, el fundador de la República y arquitecto del Estado turco, la transformó en museo como muestra de sus intenciones de modernización y occidentalización del país y de su pueblo. Santa Sofía ha poseído siempre, pues, un altísimo valor simbólico, mayor aún que el que le conceden sus abrumadores valores monumentales. El regreso a su condición de mezquita, que no seré yo quien critique, pues creo que el derecho y la historia avalan al Gobierno turco, es también, y así se ha comprendido, un inocultable reflejo del rumbo que no sólo Turquía, sino todo el mundo islámico, ha decidido adoptar desde hace décadas. Otra cosa es que en Occidente se quiera tomar nota de ello o se siga tonteando con la ilusión de necias alianzas de civilizaciones que a nada conducen.

La Unesco, convertida hoy en otro tentáculo del imperio de la corrección política, había definido en tiempos a Santa Sofía como “un poderoso símbolo” del diálogo interreligioso e intercultural. El mundo de hoy ha descartado, de hecho, ese diálogo. Sobran los ejercicios de melancolía. Nuestro tiempo, cada vez más débil y vulnerable, como un simple virus se ha encargado de hacer patente, se refugia en discursos fuertes que la propia impotencia de unos y otros priva de verdaderas consecuencias. Personalmente me molesta que la Iglesia siga presa de tópicos inactuales en vez de defender con uñas y dientes a las cristiandades humilladas, perseguidas y asesinadas. A más, puestos a temer, yo no temo por el museo de Santa Sofía sino por el futuro de la catedral de Córdoba y hasta por el de San Pedro de Roma.

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