Hay una manera estupenda de saber si un espectáculo merece la pena: mirar hacia el escenario y tomar nota de lo que pasa allí. Pero existe otra mucho más fiable de saber cuándo el espectáculo es una birria o es el no va más: dar la espalda al escenario y observar las caras que ponen los espectadores.

En el estreno del nuevo gobierno socialista, si miramos a las tablas, el panorama es el previsible en una primera función: nerviosismo, ganas de agradar y la falta de coordinación propia de quienes no han ensayado mucho. Pero si volvemos la vista sobre el patio de butacas, si observamos cómo anda el ambiente por el gallinero y miramos hacia los palcos donde se colocan las señoras con anteojos, nos podremos hacer una idea bastante aproximada del grado de aceptación que va a tener la obra, sin olvidar que en esto de la farándula una tarde sales a hombros y a la siguiente lo mismo hay lluvia de tomates.

Durante los primeros días, las caras que se veían entre el público fueron más bien de pasmo, ya que desmantelar el gobierno de una nación con la rapidez del tramoyista que desmonta un decorado nos dejó a todos con la boca abierta. Junto a las caras de mosqueo de los que, antes de meterse en berenjenales, preferían haber seguido aburriéndose con un presidente que interpretaba como si estuviera sonámbulo, se veían también esas otras caras, más propias del gamberro que acaba de colocar un petardo (y que en este caso pertenecían a los que, apoyando la moción de censura, no buscaban otra cosa que dividir al enemigo constitucionalista para sacar las ganancias que suelen sacar los pescadores en los ríos cuando andan revueltos.)

Por haber, ha habido incluso caras de alelamiento, muy parecidas a las que ponen los críos que miran al cielo para ver los fuegos artificiales. Pero lo mejor de todo es que no se han visto apenas caras de indiferencia.

Ahora bien, en la política -como en el teatro- es muy difícil contentar a todos. Por eso en estos momentos resulta tan delicado escoger a qué sector del público se va a querer agradar, ya que los aplausos de unos van a desatar los abucheos de otros, y los pataleos de estos otros van a arrancar la ovación del contrario. Así, es lógico que hacer malabarismos para darle gusto al público progresista acabe enrabietando a la derecha más rancia, pero una cosa es tomar posesión del cargo sin crucifijo (para dejar al fin de dar al césar lo que es de Dios, y a Dios, lo que es del césar) y otra muy distinta es tontear con los nacionalistas como si fueran niños maltratados.

Porque seguramente ahí estará la clave. Si el nuevo gobierno está dispuesto a hacerle carantoñas a ese nazismo llorica de los separatistas catalanes (cuyos delirios les han llevado a permitir que la Generalitat la presida un xenófobo bastante impresentable) no cabe duda de que el experimento socialista podría acabar en catástrofe electoral. Así que, antes de salir a saludar, que no olviden una cosa: en la política ningún espectáculo es apto para todos los públicos

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