La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

Lo que queda de Podemos

Psoe y Podemos han acordado, tras los malos resultados obtenidos en las elecciones gallegas y vascas, aparcar sus diferencias y preservar el Gobierno de coalición. ¡Qué otra cosa podían hacer! Resistir y aguantarse unos a otros. Estarán juntos hasta el final de la legislatura, dure ésta lo que dure.

Nunca en la España democrática un partido tan pequeño como Podemos ha acaparado tanto poder. Las minorías nacionalistas vasca y catalana ejercieron mucha influencia -y cobraron en competencias y dineros- cuando hicieron posibles los mandatos de Felipe o Aznar, pero no llegaron a formar coaliciones con ellos y tener ministros en Madrid. Podemos lo ha conseguido en su peor momento: un vicepresidente y cuatro ministerios. A Sánchez se lo deben, a su ambición y relativismo.

En 2016 Podemos tenía 71 diputados en el Congreso, y soñaba con darle el sorpasso al PSOE y erigirse en referente de la izquierda (la auténtica, por supuesto). Ahora dispone de 35. Ese debilitamiento de fuerzas tan descomunal ha ido en paralelo al aumento de poder interno de Pablo Iglesias. Mientras más mandaba Pablo, el partido era menos asambleario y más centralista, y más se desprendía -mediante la disciplina o el aburrimiento- de casi todos sus fundadores, menos votos lograba.

Hoy Podemos disfruta de un poder que ningún partido de la izquierda radical ha tenido en España. Pero es como una carcasa medio vacía. Territorialmente no se sostiene. Ha logrado menos del 10% de los votos en todas las comunidades autónomas excepto en Asturias (11%) y en Andalucía (16%, pero sus escaños los ha perdido tras la defección de Teresa Rodríguez). Entre las autonomías más destacadas sólo pinta algo en Cataluña, y eso en alianza con los Comunes de Ada Colau, a costa de defender la autodeterminación. Ahora, en Galicia y Euskadi (primera vez que ciudadanos españoles se pronunciaban en las urnas desde la pandemia), Iglesias se cargó a las direcciones podemitas y puso candidatos a su gusto: ha quedado fuera del Parlamento gallego y perdido la mitad de su representación en el vasco.

Con razón ha anunciado que habrá autocrítica, porque los resultados han sido pésimos. Lo malo es que ya no queda casi nadie a quien hacerle la autocrítica. Como aquel espadón decimonónico, Pablo puede afirmar que él no tiene enemigos (internos): los eliminó a todos. Su vicepresidencia está segura. Su partido, no tanto.

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