Regresé de Italia con la ilusión de que sobre el terreno podría entender la negativa de Pablo Iglesias a participar en el Gobierno con una vicepresidencia y tres ministerios para Podemos. En Italia, mi diario de cabecera era Il Corriere di Viterbo, más interesado en los tejemanejes de la joven viuda del jefe del clan de los Casamonica que en las estrategias de Iglesias.

Cuando he llegado, me he quedado igual de perplejo. Mi tesis de que Iglesias es un ortodoxo del poder y que quería parcelas reales de presupuesto y de transformación social y no postmodernas porciones del escaparate mediático, no ha convencido a casi nadie.

La teoría alternativa no me convence a mí. Dice Luis del Pino que Iglesias sabe 1) que el PSOE, sin Podemos, sólo puede o echarse en brazos de Ciudadanos o ir a nuevas elecciones; 2) que lo de las elecciones no está tan claro como promete Tezanos y que, por tanto, preferirá C's, 3) que eso le dejará toda la izquierda a Podemos, y 4) más porque se avecina una crisis que obligará al PSOE a nuevos recortes. Yo no lo veo porque la crisis puede venir o no, porque los coqueteos con Bildu de Sánchez no parecen favorecer ningún acercamiento a C's y, sobre todo, porque Iglesias podría haber hecho más ostensible y rentable su ruptura con Sánchez si hubiese entrado en el Gobierno y se hubiese salido de un portazo al primer atisbo de recortes.

Si la Física no termina de explicarnos por qué Sánchez no logra socios de Gobierno, quizá sea el momento de recurrir a la Química. Estamos ante un político tóxico que provoca una desconfianza alérgica en todos aquellos que se rozan con él. Véase cómo hasta en su propio partido ha creado numerosas incompatibilidades, ahora acalladas por su victoria y por su control férreo. Con los líderes de la oposición, las relaciones son pésimas. Naturalmente con Abascal, pero también con Casado, con el que le une el interés por salvar el bipartidismo; y con Rivera, que tendría que ser su aliado natural según las coordenadas europeas; y con Iglesias, compañero de viaje por la izquierda. Nadie se fía de él, ni lo respeta. Eso sí: lo temen.

Los lectores, los analistas, Luis del Pino y yo podemos tratar de explicar con fórmulas racionales de fuerzas y tendencias lo que sucede con los pactos. Por mucho que nos devanemos los sesos, hasta que no contemos con la química personal no nos explicaremos lo que pasa y, más aún, lo que no pasa.

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