Si las cosas no cambian mucho de aquí al 28 de abril, que no cambiarán, Vox puede hacerle al PSOE el mayor regalo que un partido le ha hecho a otro desde que hay democracia en España. Quizás sólo comparable con el que la UCD le hizo a Felipe González en 1982 acuchillándose con saña hasta hacerse desaparecer y dándole a los socialistas la mayoría absolutísima de los 202 escaños. Ahora, quién lo iba a decir, el partido de la derecha más exaltada -sin complejos, que dicen ellos- trabaja, supongo que muy a su pesar, para despejar el camino al PSOE con liderazgo más débil y un proyecto político más inconsistente de su historia reciente. Nunca los socialistas, con Pedro Sánchez al frente, han tenido peor imagen ante la opinión pública: se la han ganado a pulso durante los nueve meses que llevan en La Moncloa. Pero no hay encuesta que no lo señale como el ganador de las próximas elecciones, aunque, como ha ocurrido en Andalucía, luego las sumas de escaños pudieran determinar otra cosa.

En Andalucía y en lo que pasó el 2 de diciembre está la clave de lo que está ocurriendo estos meses en la política nacional. El inesperado triunfo de Vox -sólo así pueden calificarse sus 12 escaños- y las buenas perspectivas que le dan todas las encuestas han hecho que el PP y Ciudadanos se hayan lanzado a una loca carrera por ver cuál de los dos se sitúa más a la derecha. Más a la derecha-derecha, hablando en plata, a la búsqueda de ese electorado que se les fuga hacia las montaraces posiciones de Vox. Si Pablo Casado da un paso en esa dirección, Albert Rivera da rápidamente dos. La consecuencia es que se están quedando desiertas la centralidad y la moderación.

Pensar que un Pedro Sánchez que no dudó en pactar con los separatistas catalanes y con los herederos de ETA para auparse al poder puede terminar ganando unas elecciones en nombre de la centralidad y del alejamiento de los extremismos es algo más que una paradoja. Es un símbolo de hasta qué punto hemos degradado las reglas del juego que habían funcionado desde la Transición hasta ahora. Vox ha llegado para cambiar de forma radical el mapa de dónde se coloca cada uno. A ver cuánto dura el invento. Pero por ahora lo cierto es que ha servido para extremar los planteamientos y dejar libre un centro que es donde siempre se ganaron las elecciones en España. Aunque las cosas han cambiado lo suyo, alguien terminará ocupándolo.

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