Jesús / Rodríguez

Los regalos

A cepa revuelta

Los regalos son mensajes que enviamos a los demás, dándoles cuenta del aprecio y la consideración que por ellos sentimos. Por lo que nos regalan, podemos medir, sin equivocarnos, el afecto que sienten hacia nosotros las personas de nuestro entorno.

Me importa menos que no me regale o me regale una baratija alguien de quien espero cariño, que alguien de quien aguardo gratitud, porque los afectos son sentimientos y, como tales, surgen a su antojo; la gratitud, en cambio, es un acto de la voluntad y el ingrato lo es por decisión propia. Debemos temer siempre a los ingratos y jamás bajar la guardia ante ellos : pueden ser del tipo de los que olvidan el favor, pero también de los que lo hacen pagar.

Como decía, el regalo es el espejo de lo que somos; de modo que el ruin, el generoso, el sensible, el inteligente, el tonto, el advenedizo y el perezoso se descubren por lo que regalan. No soy el único que lo piensa, sino que se trata de una idea con genealogía ilustre. Citaré como ejemplo a Alejandro Magno : un día, paseando por las calles de Tebas, tras sofocar una rebelión, un mendigo se dirigió hacia él, pidiéndole una limosna. Alejandro paró su caballo y ordenó que le entregaran una bolsa llena de oro. Como su tesorero protestó por considerar aquel gesto un despilfarro, el macedonio le replicó : "Alejandro vale lo que la limosna de Alejandro".

Sólo los cretinos valoran un regalo por su precio, en lugar de por su intención. Hay personas bienintencionadas pero necias, que piensan que los afectos se miden por el valor material de los regalos y se esfuerzan porque los suyos digan ostensiblemente que estiman mucho puesto que han gastado mucho. Esto acaso tendría sentido en la China, donde es costumbre que, a la vez que se ofrece un obsequio, se diga en voz alta su precio para que todos los presentes puedan valorar el afecto o la gratitud de quien regala, pero no en nuestra cultura. Siempre que regalemos a alguien debemos tener en cuenta sus posibilidades económicas, para evitarle el agobio que siente todo aquel que no puede corresponder en la misma medida que recibe.

De los regalos podemos también decir que encierran la hermosa paradoja de que únicamente podemos regalar lo que ya no es nuestro. Así es : nos pertenecen sólo aquellas cosas que poseemos con voluntad de tenerlas como propias, por lo que cuando decidimos regalarlas a alguien, son más de ese alguien que de nosotros mismos. Sólo podemos regalar lo que ya es de otro.

Esto lo aprendí un día en que ofrecí una limosna a un pobre. Vestía con mucho desaliño y su mirada vidriosa descubría el alcoholismo, pero me dio pena su desamparo y le entregué una moneda, mientras le decía : "No se la gaste en vino". La cogió, se la guardó en el bolsillo y contestó : "Un mojón pá usté". Al principio me sentí indignado, pero después le agradecí la lección : desde que decidí dársela como limosna, aquella moneda ya era suya y yo no tenía ningún derecho a disponer sobre el destino que debía darle.

Pero no sólo de los regalos, sino que también de las limosnas - que son regalos inducidos, no por el afecto o la gratitud, sino por la piedad - he aprendido muchas lecciones útiles.

La última que recibí fue el día de la nochevieja pasada. Andaba haciendo unas compras cuando me topé con la misma mujer que llevo viendo desde hace meses mendigando en una esquina. Pide con una expresión triste que no es de tristeza, sino de resignación y la acompaña su hijo, un niño de seis o siete años, entretenido siempre en el escaparate de la confitería de enfrente. Se notaba que se le hacía la boca agua con lo que había detrás de la cristalera. A la mujer le di un billete y le dije al niño : "Entra, que te voy a comprar un pastel".

Una vez dentro, el niño empezó a mirar toda aquella abundancia dulce. De pronto, fijó sus ojos en una pieza de pan que representaba un caballito y dijo : "¡Ese!". Pagué y lo senté en una silla para que se lo comiera tranquilo. Allí me quedé un ratito, contemplándolo : tenía un gesto feliz y no dejaba de mirar y remirar aquel pan. Al fin, decidí marcharme.

El día de Reyes, volví a pasar por la esquina. Allí estaban juntos la mujer y su hijo, sólo que el niño no estaba mirando el escaparate de la confitería, sino jugando con el pan en forma de caballito. En su entretenimiento estaba mi lección : para mí, un niño hambriento con un pan en la mano lo mejor que puede hacer es comérselo; pero para aquel niño, no. Él tenía tal hambre espiritual de esparcimiento, de diversión y de juego, que la forma de caballito de aquel pan podía sobre su hambre física.

En realidad, no sé por qué me asombré tanto, porque es bien sabido que los niños son niños y, por el sólo hecho de serlo, los mueve una ley más poderosa incluso que el hambre : los juguetes.

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