Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

La regeneración imposible

Una imagen del hemiciclo del Congreso. Una imagen del hemiciclo del Congreso.

Una imagen del hemiciclo del Congreso. / Javier Lizón/EFE

TIENE que haber otra manera, no se puede seguir así. Tienen que venir otros hombres, y mujeres, hechos en telares distintos, tejidos con otros mimbres.

Se van unos y vienen otros, y los que llegan son iguales que los que se han ido: mentira sobre mentira, falsedad, cinismo, soberbia y ambición, impostura sobre impostura, calumnia, desprestigio y obsesión por un poder que no es suyo. Dejación, engaño y corrupción… aquí y allí, antes y después, con estos y aquellos… Esto no va, esto no es así, no puede seguir siendo así.

Ya no sabemos si protestar o gritar, ni el enfado calma ni el rechazo alivia. La comedia devino en chirigota. Perdemos la esperanza entre las bambalinas tras las que urden tramas infames, nos asfixian con promesas falsas, con intenciones torcidas, con premisas podridas. Y no cambian, nada parece cambiar, si no a peor; porque cada vuelta de tuerca a la honestidad, cada nudo en la soga que estrangula la lealtad, cada gota de agua en el tanque en el que se ahoga nuestra libertad; es un paso sin vuelta atrás, una burla a la generosidad, un avance hacia detrás.

Es necesario un cambio, sí, claro que sí, ¿alguien lo pone en duda?; pero nadie está dispuesto a realizarlo, nadie en verdad se plantea materializarlo. Sólo manosean -unos y otros y éstos y aquellos- el postulado, juegan con las palabras, enfangados en una demagogia cada vez más barata, cutre y pueblerina; someten las ideas a su antojo y conveniencia; pervierten ideales, por los que muchos dieron sus vidas, como quien vende turrones en feria, no les importa, nada: hablar es gratis, argumentar no implica coherencia, prometer no obliga, pontificar no exige cumplir… y, así, con esta escala de ‘valores’, es imposible.

No todo vale, créanlo, aunque suene a sermón parroquial, no todo vale. No tengo muy claro si el hombre llegó para existir por sí solo, como ente propio y aislado, o para sacarle partido a su vida integrado en el conjunto de una sociedad, el Humanismo es un viejo problema filosófico con muchos a favor y otros tantos en contra; pero es evidente que nuestra civilización ha optado por el desarrollo social, en comunidad, como opción para intentar alcanzar el bienestar anhelado. Con esta tesitura, si aceptamos que el fin pueda llegar a justificar los medios empleados para conseguirlo, el abismo está cerca, y eso es justo lo que estamos consintiendo.

En nuestras vidas no hay nada más sagrado que la libertad, porque de muertos ya nada importa. Hemos llegado al punto de permitir, sin que al parecer nos preocupe demasiado, que unos y otros se arroguen la potestad, en exclusiva, de procurarnos esta condición –la de hombres libres- siempre y cuando consintamos, aceptemos y asumamos lo que ellos dicen que hay que hacer para garantizarnos ese derecho inalienable que es la libertad. Y esto, en absoluto es así, más bien es justo al revés: en la medida en que dependamos de quien no mira más que por sí mismo, estaremos añadiendo argollas a la cadena con la que nos sujeta. Lo pueden llamar ustedes ‘izquierda o derecha’, ‘conservador o progresista’, ‘comunista o nacionalista’, lo que quieran, al final estará siempre el principio: sin honestidad no hay posible, sin humildad no hay como, sin coherencia no hay camino, sin lealtad no hay meta.

‘Cambio… regeneración… transparencia… democracia… libertad…’, ¡trata de palabras!, es lo que hacen, porque se lo consentimos, con ellas; un vulgar y execrable burdel de carretera, de la peor estofa imaginable, en el que prostituyen, obligadas, la esencia, que debiera ser intocable, de nuestra condición de persona, de hombres libres.

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