Tribuna Cofrade

Salvador Gutiérrez Galván

La cuaresma de la que nadie hablará

TODO en la vida son pruebas. Cada instante, cada minuto, cada episodio de nuestra cotidianidad puede ser entendido como un peldaño más. La forma en la que bajes, subas, tropieces o des paso a otras personas en esta escalera llamada vida es reflejo de lo que sale de tu corazón. Otra cosa es que quieras darte cuenta. Óptimo propósito cuestionarte si lo que encuentras ahí fuera cada día es un problema o una oportunidad. Porque, ya sabes, sales a la calle y esa misma vida te enseña, si quieres, que eres tú quien puede cambiar algunas pequeñas cosas. Mira. Esa mujer que acabas de cruzar en tu camino lleva sus propios pensamientos, sus ilusiones y sus pesares, aunque nunca antes hubieras reparado en ella. También, ese extranjero que pregunta la ubicación de una calle, y ese taxista que hoy parece malhumorado. Y tú, ¿qué vas a hacer ante la inmensidad de la vida? Puedes afrontarla sin más o agarrarte a ella en compañía de Jesús. Puedes aportar algo de esperanza e ilusión sólo con una sonrisa. Esta es mi invitación. ¿Estás dispuesto a empatizar? Porque esto último te lleva, inevitablemente, a respirar y exhalar con otra alegría. Bien, ahora estamos en Cuaresma. ¿Qué sentido daremos a todas estas cosas que pasan diariamente ante nosotros?

Te cuento. Una monja a la que admiro por la grandeza de sus obras me dijo en cierta ocasión que necesitamos más sensibilidad con los demás. Más ternura y comprensión para revitalizar nuestra fe. Me dijo también que si hubiera más humanidad todo el mundo sería más feliz, incluso aquellas personas que carecieran de fe. Esta reflexión, aparentemente simple y hueca, gana en estos tiempos un enorme valor, ¿no crees? A decir verdad, sus palabras me animan hoy a adentrarme en la cuaresma con la esperanza de subir un peldaño más de la escalera. Si estamos llamados a ser buenas personas y seguir los pasos de Jesús, este tiempo, sin duda, nos ayuda a avanzar. Adentrarnos en el misterio de su calvario y escenificar mentalmente la aproximación de su muerte puede suponer el punto de partida de nuestro propio Vía Crucis. El de tus penurias y las mías. Y en nuestra discreta soledad podrá ser una cuaresma de desierto personal y reflexión, una cuaresma de camino y oración, cuaresma de aquellos recuerdos vivos de quienes ya no están, cuaresma alejada de focos y titulares, cuaresma de íntimos propósitos… en definitiva cuaresma para meditar, cambiar y no reparar en la mota que tu hermano lleva en el ojo, si bien en la viga que todos llevamos dentro. Una cuaresma encarnada en la alegría de seguir a Jesús.

Porque, qué bello y difícil resulta acariciar si quiera el sentido de la cuaresma cuando se percibe, más que un fenómeno estacional, como verdadera oportunidad de cambio. Qué ilusión quienes puedan albergar la teología simple de aquellas madres que acuñaron el desierto de Jesús en su sentido cuaresmal. ¡Cuánto han contribuido a lo que hoy somos! ¡Y cuanto les debemos! Permíteme hoy con cariño que te recuerde palabras como ayuno, abstinencia, arrepentimiento, perdón, sacrificio… No soy nadie para darte consejos, pero me ilusiona saber que antes no hablábamos de estas cosas, y ahora las compartimos juntos. Sólo quiero pronunciarme en tu favor porque podemos recorrer juntos este camino. Hoy ya sabes que la cuaresma que poco se verá, y de la que nadie hablará, es aquella que sólo tú puedes experimentar.

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