COMO dice la coplilla, sería paradisíaco que el río de Cartuja fuera de vino. Y, en pocos sitios más justificado, que en el Jerez-Xérès-Sherry. De momento nos debemos conformar con un lodazal cenagoso.

Toda ciudad que se precie tiene su río. El río es riqueza, abastecimiento, transporte, saneamiento. Separa y, a la vez, une barrios. ¿Cómo entender París, Londres o Roma, sin el Sena, el Támesis o el Tíber?, ¿Cómo entender Sevilla o su trianero Trastévere, sin el Guadalquivir?

Jerez, particular en tantas cosas, decidió fundarse a cuatro kilómetros del río. ¿Y eso...? Las cosas de Jerez. Cualquier pueblo que se precie tiene una plaza mayor y en la plaza, el castillo y la iglesia, símbolos del poder civil y religioso. La mayor plaza de Jerez no tiene castillo ni iglesia. La 'Colegial' le da la espalda al Alcázar y mira, incomprensiblemente, a un abandonado arrabal almohade. El Alcázar mira a una alameda. Quizás estas extravagancias tengan algo que ver con el afluente del Guadalete… el 'Guadalporcún'.

Volviendo a la copla, si el río de Cartuja fuera de vino cuantos borrachos hubiera por el camino. Aquí está la clave, en el camino. En el trecho que separa Jerez de su río.

Ha habido varios intentos a lo largo de la historia de acercar el río a Jerez. Siempre con la idea de hacerlo cercano y navegable. Todos han fracasado. Hoy sería mucho más fácil acercar Jerez al río. Convertirlo, de una vez, en un río urbano. Si hemos sido capaces de lanzarnos a la conquista de Jédula transformando la carreta de Arcos en Avenida interminable, cómo no vamos a poder sembrar unos pocos pareados más para conquistar La Corta…

Hay que poblar el camino hasta el Guadalete, con sus borrachos, frailes, monjas, beatas, comadres, gallinas, curdelas y muchas casitas… 'litón, litón, litón'.

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