La columna

Luisa Fernanda Cuéllar

La sabiduría natural

Hace unos días asistí a una conferencia sobre educación que impartió una profesora doctorada en Filosofía. Comentó que cuando prepara el material para sus clases y talleres, antes de poner el punto final, suele leer en voz alta lo que ha escrito y solicitar la opinión de su asistenta doméstica porque siempre le sorprenden sus acertados comentarios.

Un día, la profesora le preguntó de dónde sacaba tanta sabiduría. La respuesta la dejó sin palabras, porque aquella sencilla mujer le contestó que era sabia porque el sistema educativo no la había echado a perder, ya que había tenido que dejar el colegio en el quinto grado.

Durante la conferencia, habló sobre la formación que se está dando a los jóvenes, tan llena de relativismo, tan carente de valores, de buenos referentes y de cosas esenciales para la vida. La profesora recordó que Joseph Ratzinger señaló hace años la importancia de que la universidad tenga como fundamento la construcción de una interpretación válida de la existencia y no solo la tarea de formar a los alumnos en la profesión.

Recalcó la importancia de un diálogo interdisciplinar entre profesores y alumnos, cada día más mermado. Hoy muchos estudiantes desconocen la dignidad de ser personas y de vivir de acuerdo a valores compartidos. Se pierden en un mundo dominado por la ignorancia donde por no saber, ni siquiera saben que el verbo haber se escribe con hache.

La concepción del ser humano, de su vida y de su trascendencia no debería erradicarse de las aulas porque es el complemento a una buena formación profesional. De lo contrario, se lanza a las nuevas generaciones a un mundo tecnócrata que les promete una felicidad falsa que no sólo les defraudará, sino que puede hacer crecer dentro de ellos un vacío existencial difícil de remontar si no se tienen los cimientos sólidos que mantienen en pie al hombre en medio de la tormenta.

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