Relatos de verano

Hipólito G. Navarro

Las setas caladas de Jürgen (VI)

Resumen de lo publicado. Ha desaparecido una pareja durante las protestas de indignados en el centro de Sevilla. A la vez se descubren nuevos restos arqueológicos en la ciudad. El narrador relaciona estos hechos con otros ocurridos durante la Expo del 92, que ya relató en un cuento tras ser despedido de 'Diario 16', donde trabajó de corrector. Una carta enviada al periódico aseguraba que la desaparición de un ingeniero tenía que ver con los restos arqueológicos recién hallados: una de las estatuas era el vivo retrato del ingeniero. Junto con la carta, una nota del propio técnico aclara en parte el misterio.

Tenía la silla 22 de la fila 7, justo al lado de una mujer que era una mezcla de Kim Bassinger y Jessica Lange en cuanto a curvas y una cara y un pelo de divinidad griega o romana. De la escenografía de Rauschenberg no me enteré ni papa, lo mismo me hubiera dado que fuese de Nijinsky o de Diaghilev, pues estuve todo el rato pendiente de los movimientos de Afrodita, que se me insinuaba peligrosamente y me dejaba entrever un pecho blanquísimo por entre dos botones abiertos de la blusa.

"No habían aparecido más que dos bailarines acompañando a Trisha para dar saltos por el escenario cuando empecé a sudar; empecé a sudar no tanto por el calor como por lo que veía por el rabillo del ojo a mi lado, aquella mujer abriendo y cerrando las piernas al compás de la música. Yo, un especialista en confort térmico, en buscar la ausencia de sudoración a cualquier precio, estaba sudando como un pollo. Yo, que durante meses ando buscando un modelo fisicomatemático para engatusar gotas de agua micronizadas en suspensión, sudaba copiosamente ante el modelo perfecto de mi vecina, que me derretía sin compasión. Entonces sí que hubiese necesitado yo mis unidades de tratamiento del aire, y no en presencia de tanto político y tanto pez gordo. Confieso que no vi ni un paso de baile, si es que eso se puede llamar así, porque aquella maravilla del sexo débil me metió mano apenas se hubieron apagado los focos del recinto y no me dejó libre la entrepierna ni en los descansos (¿pero hubo descansos?). Así pasamos el rato, sin mirarme ella directamente, contemplando yo su perfil romano y haciéndoseme agua la boca hasta que tuve que levantarme y buscar los servicios urgentemente.

"¿Fue todo un sueño? Sé que no fueron imaginaciones producto del cansancio porque una humedad caliente siguió habitando mis ropas por mucho rato, pero el caso es que a la vuelta ella ya no estaba allí, tan sólo su vaga presencia de humo en la silla vacía. Al principio la imaginé en los servicios, pero cuando acabaron los danzarines y no había aparecido tuve la amarga certeza de que no iba a volver.

"Y ahora viene el milagro: cuando demoraba mis pasos hacia la salida, pensando otra vez en el trabajo del día siguiente, la veo a lo lejos, entre las piedras milenarias, sola, con su perfil de diosa. Me dirigía hacia ella, llamándola a voces, cuando me detuvo la mano grandota y peluda de un vigilante. '¿Dónde va usted?', me preguntó, '¿no me querrá hacer creer que habla con las estatuas?', y sin dejarme explicar nada me arrastró a la salida.

"¡¡Una estatua!! Puede ser, puede ser. A los rayos de la luna, que empezaba a salir redonda y amarilla detrás de las piedras, parecía enteramente una estatua, pero yo sé que es ella, mi muda compañera de asiento, y a comprobarlo voy a ir esta tarde, otra vez al Festival Internacional de Danza, a ver si con la excusa de contemplar el disparatado museo de ilusiones del Alwin Nikolais Dance Theater ella me estuviese esperando. Esta vez no voy a ser tan tonto de dejarla sola ni un instante..., hasta es posible que le demos esquinazo a los vigilantes y pasemos una noche frenética entre esos mosaicos y esas piedras que han visto tantas cosas.

"Eso sí, dejo estas líneas escritas por si las moscas, por si lo de la estatua tiene fundamento, pero sobre todo porque no me fío ni un pelo del vigilante ese tan enorme, y mucho menos de su pistola, y de las balas que llevará en el cargador no quiero ni hablar.

"P.D.: Falté hoy al trabajo porque los tintos de verano me desbordaron por completo a las seis de la mañana, y todavía no he comprado el despertador; que no se me olvide comprarlo."

Si sumo esta nota al arsenal de información recopilada durante estos meses no puedo soslayar las barbaridades que cuenta el botánico D. H. Howard en su carta. La historia relatada por el propio Winston rellenó los agujeros de mi premiosa traducción y terminó de aclarar las malas interpretaciones que yo había extraído de los hechos contados por Howard en spanglish. La idea de que al americano le habían cortado los pies y la cabeza se aclara cuando Winston Vega expresa lo de "llevar a cabo algo que no tiene pies ni cabeza"; se revela que no se enteró ni papa del espectáculo, y no "que iba a enterar al Papa del espectáculo"; es preferible no comentar el "por si las moscas" porque da risa y no parece justo burlarse de un especialista en botánica tropical tan eminente, pero la idea descabellada de un hechizo gitano donde, como dice textualmente en su carta, "antes que en estatua fue convertido en un pollo sudado, y le metieron manos y rabillos por el ojo, convirtiéndole la boca en agua" no se sostenía de ninguna manera. Mi traducción no era buena, bien lo sé, pero es que la interpretación literal de Howard de la nota del termodinámico tampoco podía estar más lejos del sentido de las expresiones.

Al final, cuando tuve toda la información ordenada, intuyendo que aún se me escapaban detalles, pasé tres días encerrado en el archivo del periódico repasando números atrasados y fotografías sin publicar. El resultado de mi examen parece satisfactorio: he encontrado varios artículos que guardan relación con el caso.

El primero es un breve escondido en la página 30 del 19 de mayo, casi dos meses antes de que pasara nada, donde se cuenta del extravío de varias imágenes de los sótanos del Museo Arqueológico, de las salas del laboratorio de restauración. Es normal que la noticia pasara inadvertida: la página 31, impar, está ocupada por entero con la publicidad de unos trajes de baño, con las señoritas dentro de ellos. Yo mismo reparé en el breve después de un tercer repaso al ejemplar.

Otra información queda casi camuflada en las líneas de relleno de un artículo (4 de julio, página 26) que informa de los preparativos en el anfiteatro de Itálica para la celebración del Festival Internacional de Danza. Hacia la mitad se dice que "debieron comenzar de nuevo con el trabajo de colocar las sillas porque algunos gamberros entraron la noche anterior y las tiraron todas".

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